Autor: Óscar Rivadeneyra Prieto
Publicado: Béjar en Madrid.
A
veces la investigación en archivos históricos depara sorpresas que terminan por
hacernos olvidar la materia de estudio primera alejándonos de ella. Esto me
sucedió hace unos meses al encontrar de modo casual una referencia a un
bejarano desconocido, al menos para mí, pero cuyos apellidos no me resultaron
en absoluto inéditos. Una vez estirado
el hilo de sus, en principio, escasos datos biográficos, comprobé que no se
trataba de un individuo sin mayor trascendencia sino, quizá, uno de los
bejaranos más ilustres entre los siglos XVII y XVIII en que vivió. La llamada
de atención se desveló al recitar la ristra de apellidos con que se presentaba:
Felipe Rodríguez de Ledesma Núñez de Prado y Zúñiga, a partir de los cuales,
deduje, no sería ajeno familiarmente a la familia Núñez de Prado, bejarana, y
vinculada durante varios siglos a la llamada casa Clavijo, desde donde ahora,
precisamente, redacto estas líneas. Como sabemos, aquella prolífica estirpe de
hidalgos estuvo formada por individuos destacables dentro del organigrama del
poder local: tesoreros de la casa ducal, regidores del estado noble, abogados
del Santo Oficio, alféreces mayores, etc.

Ciudad de México en el siglo XVII
Ahora,
como veremos, le tocaba el turno a la religión. Pero vayamos por partes: los
datos sobre este tal Felipe Rodríguez de Ledesma aparecieron en un memorial genealógico
sobre su persona que él mismo mandó redactar y que fue reproducido por la
imprenta “Viuda de Ortega”, de Puebla de los Ángeles, en
Méjico, en 1714. En él, y tras el inevitable despliegue heráldico, su
protagonista nos desvela, primero, que es nacido en Béjar, territorio de
Salamanca y obispado de Plasencia, que es canónigo y licenciado, y después los
motivos por los que ha investigado su ascendencia y ha hecho redactar ese
memorial, y que no eran otros que agradecer al rey Carlos II los nombramientos
que en su persona habían tenido lugar: primero como tesorero de la catedral de
Arequipa, en Perú, y después como canónigo de la Puebla de los Ángeles, en
Méjico. Esto es, que le venía a decir algo así como: “Majestad, no se ha
equivocado usted al elegirme a mí, pues mire quiénes son mis antepasados…”.