Autor: Óscar Rivadeneyra Prieto
La lectura de viejas crónicas montañeras nos suele permitir analizar las particulares maneras de percibir la realidad natural que nuestros antepasados tenían y de la que hemos heredado parte de nuestro actual modo de enfrentarnos emocionalmente al paisaje. Una mezcla de ingenuidad, de romanticismo aún decimonónico y de cientificismo es la que se manifiesta en las apasionadas descripciones que de la montaña hacen los antiguos cronistas de principios del siglo XX español que, contagiados todavía del casticismo imperante, atendían a todo lo que de peculiar y pintoresco se manifestase en los pueblos y en sus habitantes. A ellos debemos la recopilación de una toponimia a punto de desaparecer, la descripción de un mundo de diligencias, caballerías, ventas, posadas y humeantes ferrocarriles; las acémilas cargando provisiones sierra arriba y llevando sobre sus lomos a alpinistas con pantalones bombachos y sombreros de ala ancha.
Rincón de la Sierra de Béjar, óleo del autor
Nos vamos a detener en los textos que sobre la sierra de Béjar y sus pueblos dejó escritos Andrés Pérez-Cardenal en su libro Alpinismo Castellano, editado en el año 1914[1]. Pérez-Cardenal era un escritor y periodista nacido en Zamora pero salmantino de adopción. En la capital charra ocupó diversos cargos de prestigio como el de presidente de la Cámara de Comercio entre 1918 y 1922, llegando a ser delegado de la Comisaría Regia de Turismo, entidad estatal promovida por Alfonso XIII para la promoción del patrimonio cultural español. Era amigo entrañable de Miguel de Unamuno quien le llamaba “apóstol del alpinismo castellano” y, como él, asiduo de las montañas del sur de Castilla adonde, en palabras del Rector, iba “a curar mis murrias ciudadanas y acaso mis aprensiones”[2]. El pensamiento de ambos respecto a estos paisajes se puede enmarcar dentro de la desmitificación de la Castilla plana y yerma a la que buscaban contraponer otras castillas alternativas, alpinas y montañosas, que tan evidentes se hacen a la vista en los paisajes de Béjar y Gredos. Al mismo tiempo sus textos en ese sentido suponen el inicio de la promoción turística de la zona aprovechando el auge de la demanda de montaña, paisajes recónditos y aire puro que, paralelamente al nacimiento de la modernidad, se vive en esos momentos en Europa.




