Amigos de Béjar y sus historias

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6/26/2026

Excursiones a la Sierra de Béjar por Andrés Pérez-Cardenal (1ª Parte)

 Autor: Óscar Rivadeneyra Prieto

            La lectura de viejas crónicas montañeras nos suele permitir analizar  las particulares maneras de percibir la realidad natural que nuestros antepasados tenían y de la que hemos heredado parte de nuestro actual modo de enfrentarnos emocionalmente al paisaje. Una mezcla de ingenuidad, de romanticismo aún decimonónico y de cientificismo es la que se manifiesta  en las apasionadas descripciones que de la montaña hacen los antiguos cronistas de principios del siglo XX español que, contagiados todavía del casticismo imperante, atendían a todo lo que de peculiar y pintoresco se manifestase en los pueblos y en sus habitantes. A ellos debemos la recopilación de una toponimia a punto de desaparecer, la descripción de un mundo de diligencias, caballerías, ventas, posadas y humeantes ferrocarriles; las acémilas cargando provisiones sierra arriba y llevando sobre sus lomos a alpinistas con pantalones bombachos y sombreros de ala ancha.

 

Rincón de la Sierra de Béjar, óleo del autor

 

          Nos vamos a detener en los textos que sobre la sierra de Béjar y sus pueblos dejó escritos Andrés Pérez-Cardenal en su libro Alpinismo Castellano, editado en el año 1914[1]. Pérez-Cardenal era un escritor y periodista nacido en Zamora pero salmantino de adopción. En la capital charra ocupó diversos cargos de prestigio como el de presidente de la Cámara de Comercio entre 1918 y 1922, llegando a ser delegado de la Comisaría Regia de Turismo, entidad estatal promovida por Alfonso XIII para la promoción del patrimonio cultural español. Era amigo entrañable de Miguel de Unamuno quien le llamaba “apóstol del alpinismo castellano” y, como él, asiduo de las montañas del sur de Castilla  adonde, en palabras del Rector, iba “a curar mis murrias ciudadanas y acaso mis aprensiones[2]. El pensamiento de ambos respecto a estos  paisajes se puede enmarcar dentro de la desmitificación de la Castilla plana y yerma a la que buscaban contraponer  otras castillas alternativas, alpinas y montañosas, que tan evidentes se hacen a la vista en los paisajes de Béjar y Gredos. Al mismo tiempo sus textos en ese sentido suponen el inicio de la promoción turística de la zona aprovechando el auge de la demanda de montaña, paisajes recónditos y aire puro que, paralelamente al nacimiento de la modernidad,  se vive en esos momentos en Europa.

6/19/2026

Reflexiones en torno a la línea Palazuelo-Astorga

         Autor: Álvaro González Cascón

        Publicado: El Correo de Zamora, 16 de noviembre de 2014 

La felicidad y la libertad de movimiento van unidas a la esencia misma del ser humano, puesto que para poder realizar nuestros más nobles deseos, y cumplir los objetivos que nos marca el destino, es necesario llegar a tiempo y forma. Nada mejor, para ello, que un transporte ferroviario a la altura de las circunstancias de cada época, capaz de satisfacer las necesidades de los ciudadanos.


 

Si las rutas ferroviarias transversales se pensaron y construyeron para acortar distancias, parece una contradicción que fueran las últimas en inaugurarse y las primeras en cerrarse. La mayoría de ellas atravesaban zonas con poca densidad de población, carentes de grandes ciudades. Eso nos ha perjudicado a todos, puesto que cada paso que se da, para concentrar el tráfico por las rutas más concurridas y mundanas, obliga a dar rodeos para llegar de extremo a extremo; a la larga los resultados son peores.

En 1864 los ingenieros ocupados en la redacción del Plan General de Ferrocarriles veían en la construcción del tramo entre Zamora y Astorga la posibilidad de acortar algo el viaje entre Madrid y Galicia. Si un tren procedente de Madrid con destino a Galicia, en Medina del Campo se dirigiese a Zamora y desde allí a Astorga, la reducción de tiempo podría llegar a dos horas.

6/12/2026

Los sucesos de Béjar de 1397 y su relación con el origen del Corpus Christi (2ª Parte y final)

Autora: Carmen Cascón Matas

          Como comentamos en el artículo anterior, un sermón pronunciado en 1683[1] recogía un enfrentamiento entre las tropas del primer señor de Béjar, Diego López de Zúñiga, y los judíos y musulmanes. El levantamiento ocurrió a causa de la procesión del Corpus de 1397 por las calles de Béjar, un hecho que fue tomado como una afrenta. Este relato había sido tomado por los investigadores como una historia construida por la Casa para justificar el patronato de los Zúñiga sobre la procesión o incluso una invención posterior sin visos de verosimilitud. Sin embargo, el investigador Miguel Ángel Martín Mas cree que la historia podría tener una base histórica si tenemos en cuenta el contexto general. Insistimos que el trueque de Frías (hasta entonces de los Zúñiga) y Béjar (tierra de realengo) entre López de Zúñiga y el rey Enrique III tiene lugar solo un año antes de este suceso.


 

          Béjar estaría adaptándose a los imperativos de una nueva forma de jurisdicción al pasar de manos reales a un poder señorial. Desde los tiempos de la repoblación Béjar había pertenecido a un miembro de la familia real, retornando a la muerte de su poseedor de nuevo al monarca. Solo en una ocasión estuvo en manos de un caballero externo al linaje real, cuando Enrique II entregó la villa y tierra a Pedro López Pacheco, de origen portugués. A su muerte volvió a los dominios reales[2] para ser después permutada por Enrique III con Zúñiga. Por primera vez acabaría perteneciendo a un noble que conseguiría el privilegio de mantenerla para su linaje de manera hereditaria.

6/05/2026

Los sucesos de Béjar de 1397 y su relación con el origen del Corpus Christi (1ª Parte)

             Autora: Carmen Cascón Matas

        En 2020 publicaba un artículo, "Sangre y leyenda en el Corpus de otro tiempo", analizando un texto conocido por los investigadores en torno al origen de la procesión del Corpus Christi de Béjar. El documento se custodia en el Archivo Histórico Nacional Osuna y había sido recogido por Alejandro López Álvarez en su fantástico libro sobre el Corpus y el patronato señorial[1]. Es interesante porque, en la carpetilla que contiene otros documentos relacionados con la fiesta, un archivero ducal hacía referencia a un sermón predicado en 1683 por el padre fray Alonso Fernández Sánchez[2].

 

 

 

5/29/2026

Un Corpus Christi para una joven duquesa. El recibimiento de María Alberta de Castro y el Corpus de 1679

  Autora: Carmen Cascón Matas

En 1679 una jovencísima María Alberta de Castro y Portugal hacía su entrada triunfal en la capital de los estados de su esposo, Béjar[1]. El X duque, Manuel de Zúñiga y Guzmán, a quien todos conocemos con el apelativo de Buen Duque con que le bautizó Emilio Muñoz García, había desposado con una hija del fallecido X duque de Lemos en septiembre de 1677 en Madrid. Por entonces su jovencísima mujer apenas contaba con 12 años, una edad demasiado temprana para consumar el matrimonio, mientras que él contaba con 20. Pasados dos años, su marido decidió agasajar a su esposa en su joya de la corona, el lugar en el que había crecido bajo la tutela de su madre y sus dos tíos solteros, a la sombra de los castaños del monte, a la vera del río Cuerpo de Hombre, con el reflejo de las aguas del estanque de El Bosque. Y esta fiesta no iba a tener lugar en una fecha cualquiera, sino en la fiesta más grande y de más arraigo de la Villa, sobre la que la Casa Ducal ejercía su patronato desde el siglo XVI: el Corpus Christi



La duquesa María Alberta de niña en un cuadro titulado "Patrocinio de la Inmaculada sobre los hijos del conde de Lemos", de escuela peruana. El padre de María Alberta fue virrey del Perú y murió allí cuando ella era apenas una niña. 

La maquinaria del espléndido recibimiento se puso en marcha en abril de ese año de 1679. El pleno consistorial aprueba el dispendio necesario para recibir a su señora, con una función de seis toros, la compra de ocho arrobas de dulces y fuegos artificiales. Como las arcas municipales solían estar vacías, el titular del ducado concedió cien doblones para que estos festejos pudieran salir adelante. Y el 27 de mayo hacía su entrada en Béjar una duquesa de 14 años en una fiesta barroca sin parangón, cuya reseña fue recogida por el cronista y capellán del convento de la Anunciación Tomás de Lemos. La crónica fue escrita por encargo de la Casa con el fin de hacer saber a la ausente duquesa de Lemos, madre de María Alberta, todos los detalles de aquellos regocijos dedicados a su querida hija.