Amigos de Béjar y sus historias

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5/29/2026

Un Corpus Christi para una joven duquesa. El recibimiento de María Alberta de Castro y el Corpus de 1679

  Autora: Carmen Cascón Matas

En 1679 una jovencísima María Alberta de Castro y Portugal hacía su entrada triunfal en la capital de los estados de su esposo, Béjar[1]. El X duque, Manuel de Zúñiga y Guzmán, a quien todos conocemos con el apelativo de Buen Duque con que le bautizó Emilio Muñoz García, había desposado con una hija del fallecido X duque de Lemos en septiembre de 1677 en Madrid. Por entonces su jovencísima mujer apenas contaba con 12 años, una edad demasiado temprana para consumar el matrimonio, mientras que él contaba con 20. Pasados dos años, su marido decidió agasajar a su esposa en su joya de la corona, el lugar en el que había crecido bajo la tutela de su madre y sus dos tíos solteros, a la sombra de los castaños del monte, a la vera del río Cuerpo de Hombre, con el reflejo de las aguas del estanque de El Bosque. Y esta fiesta no iba a tener lugar en una fecha cualquiera, sino en la fiesta más grande y de más arraigo de la Villa, sobre la que la Casa Ducal ejercía su patronato desde el siglo XVI: el Corpus Christi



La duquesa María Alberta de niña en un cuadro titulado "Patrocinio de la Inmaculada sobre los hijos del conde de Lemos", de escuela peruana. El padre de María Alberta fue virrey del Perú y murió allí cuando ella era apenas una niña. 

La maquinaria del espléndido recibimiento se puso en marcha en abril de ese año de 1679. El pleno consistorial aprueba el dispendio necesario para recibir a su señora, con una función de seis toros, la compra de ocho arrobas de dulces y fuegos artificiales. Como las arcas municipales solían estar vacías, el titular del ducado concedió cien doblones para que estos festejos pudieran salir adelante. Y el 27 de mayo hacía su entrada en Béjar una duquesa de 14 años en una fiesta barroca sin parangón, cuya reseña fue recogida por el cronista y capellán del convento de la Anunciación Tomás de Lemos. La crónica fue escrita por encargo de la Casa con el fin de hacer saber a la ausente duquesa de Lemos, madre de María Alberta, todos los detalles de aquellos regocijos dedicados a su querida hija. 


 

Insistimos en que la elección de la fecha no fue inocente. La procesión del Corpus Christi era el momento religioso más relevante del calendario bejarano. Pero es que además la Casa Ducal ejercía el patronato sobre la fiesta por bula papal de Benedicto XIII y la había ligado a los orígenes del señorío de los Zúñiga sobre la localidad, de tal manera que el primer señor de Béjar, Diego López de Zúñiga, había implantado la procesión tras una promesa realizada en la conquista de Antequera en 1410. Si a esto sumamos los hombres de musgo y los orígenes míticos de la reconquista de Béjar en esa misma fiesta, añadimos un simbolismo añadido a la ya de por sí importancia religiosa del Corpus, único momento en que el Santísimo Sacramento sale a las calles. 


 

La villa, sus calles y plazas, aparecían limpias y engalanadas con arcos de follaje y arquitecturas efímeras, altares y hierbas aromáticas. Todos los estamentos sociales desfilaban de manera jerarquizada en la procesión, desde los miembros del clero (Cabildo Eclesiástico, monjes del convento de San Francisco, párrocos, sacerdotes y acólitos de los pueblos) pasando por los funcionarios ducales (alcaide de palacio y oidores), los miembros de la milicia de Villa y Tierra con su alférez mayor a la cabeza, hasta los componentes del consistorio, el corregidor, el alcaide y los alcaldes menores de los pueblos. Y además los integrantes de los gremios artesanales de la Villa (zapateros, carpinteros, tejedores, panaderos, escribanos y un largo etcétera) como representantes del pueblo llano. 

Todos ellos tenían una función dentro de la procesión: el clero portaba la custodia y desfilar en un largo cortejo de cruces parroquiales en orden de jerarquía, pues todos los curas de Villa y Tierra estaban obligados a acudir a la procesión bajo pena de multa; el consistorio debía alzar arcos y encargarse de la limpieza de las calles, de portar el pendón de la Villa, de los gigantes y cabezudos, de la Tarasca y de los hombres de musgo; los gremios debían alzar más arcos, llevar sus santos patronos y montar la trabuca; los funcionarios ducales procesionaban con orden y distinción, desde el alcaide y oidores hasta el alférez mayor con sus milicias concejiles, sin olvidarnos nunca de las cofradía del Santísimo Sacramento, con su obligación de montar los altares, hacer los dispendios de los toros de la función vespertina o llevar los varales del palio. 


 

            El recorrido era idéntico al actual, con una misa en la iglesia de Santa María desde donde partía hasta la del Salvador, donde tenía lugar la rendición del estandarte por el regidor y del bastón por el alférez mayor. En el contexto de esta procesión habría que añadir las misas celebradas en la iglesia de El Salvador de manera simultánea desde la alta galería, la parada militar previa del alférez y sus soldados desde La Corredera hasta la Plaza Mayor, la ceremonia de rendición del estandarte de Béjar y del bastón de mando del alférez en la Puerta de los Osos y de nuevo en la Plaza, los cánticos de los niños del coro ducal, el sonido del realejo que el duque Francisco II había regalado al convento de la Piedad para tal fin, las danzas y bailes, la corrida de toros celebrada por la tarde, el mercado que tenía lugar en la Plaza, la función de cohetes y fuegos artificiales por la noche, la mascarada. Y los colores de las lujosas capas pluviales y dalmáticas bordadas, el brillo de las cruces procesionales y de la custodia, el olor del incienso y de las hierbas aromáticas, la cadencia del paso de los soldados, el rasgueo de la tela de los estandartes. 


             Desconocemos qué pudo pensar esa niña de 14 años de aquella Villa y de sus gentes, sus vasallos, que la recibían de una manera tan espléndida desde el 27 de mayo hasta que terminó la Octava el 8 de junio de 1679. No lo sabemos, pero solo nueve meses después de aquella fiesta barroca del Corpus Christi nacerá en Béjar el primer hijo del matrimonio, el futuro XI duque de Béjar Juan Manuel II.

 



[1] Dada la numerosa bibliografía existente sobre el Corpus este artículo son apenas unas notas de mi discurso de ingreso al CEB titulado Entre su excelencia y sea muchas veces bienvenida. Regocijos, versos y arquitectura efímera en la recepción de la duquesa Mª Alberta de Castro. Discurso de ingreso al Centro de Estudios Bejaranos. CEB y Ayuntamiento de Béjar, 2022, 118 págs. Es imprescindible leer también López Álvarez, A. Ideología, control social y conflicto en el Antiguo Régimen. El derecho de patronato de la Casa ducal sobre la procesión del Corpus Christi de Béjar. Centro de Estudios Bejaranos, 1996, 201págs.

[2] También recomendamos leer algunas de las entradas de este mismo blog para los asuntos del origen del Corpus, los hombres de musgo, el papel del alférez o los conflictos por las jerarquías. https://ccasconm.blogspot.com/search/label/Corpus%20Christi

1 comentario:

  1. Carmen como nos dices no se lo que pudo pensar pero desde luego tras ver todo esto que nos narras, como mínimo si que quedo fascinada por tanta pompa y boato.

    Saludos.

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