Autor: Álvaro González Cascón
Publicado: El Correo de Zamora, 16 de noviembre de 2014
La felicidad y la libertad de movimiento van unidas a la esencia misma del ser humano, puesto que para poder realizar nuestros más nobles deseos, y cumplir los objetivos que nos marca el destino, es necesario llegar a tiempo y forma. Nada mejor, para ello, que un transporte ferroviario a la altura de las circunstancias de cada época, capaz de satisfacer las necesidades de los ciudadanos.
Si las rutas ferroviarias transversales se pensaron y construyeron para acortar distancias, parece una contradicción que fueran las últimas en inaugurarse y las primeras en cerrarse. La mayoría de ellas atravesaban zonas con poca densidad de población, carentes de grandes ciudades. Eso nos ha perjudicado a todos, puesto que cada paso que se da, para concentrar el tráfico por las rutas más concurridas y mundanas, obliga a dar rodeos para llegar de extremo a extremo; a la larga los resultados son peores.
En 1864 los ingenieros ocupados en la redacción del Plan General de Ferrocarriles veían en la construcción del tramo entre Zamora y Astorga la posibilidad de acortar algo el viaje entre Madrid y Galicia. Si un tren procedente de Madrid con destino a Galicia, en Medina del Campo se dirigiese a Zamora y desde allí a Astorga, la reducción de tiempo podría llegar a dos horas.

