Amigos de Béjar y sus historias

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4/03/2026

Béjar hoy, espejo roto del pasado (2ª Parte)

  Autor: Agustín García Gómez

Hoy nos parece claro y evidente –y también demasiado fácil pensarlo y decirlo ahora– que en la larga época de prosperidad textil de la inmediata posguerra y posterior (la de máximo apogeo histórico de nuestra fabricación textil), nuestras autoridades municipales no la aprovecharon convenientemente ni lo suficiente para promover la necesaria diversificación industrial y la renovación del parque de viviendas y comercios. Como si aquella bonanza nos fuera a durar toda la vida, prefirieron fomentar la expansión y creación de nuevos barrios y nuevas calles para atender las necesidades del incremento de población inmigrante y la falta de viviendas dignas, hecho que nos lleva, en esta época de desindustrialización, a la lamentable situación actual de envejecimiento urbano y poblacional que en nada favorece el incierto futuro bejarano. 


 

Y hay quienes a esto lo llaman por ahí la «Béjar envejecida».

Es una realidad bien visible a los ojos observadores que hoy existen dos Béjar totalmente contrapuestos y a la vez yuxtapuestos; dos realidades diferentes, convivientes y contradictorias, pero necesitadas y necesarias entre sí. Una es ese antiguo semifenecido (¿o semivivo?) de calles vacías, casi deshabitado, y locales comerciales inactivos que estamos bosquejando, y que, agonizante, suspira por el cambio (¿pero por qué no llega?) para recuperar la alegría y el bullicio de tiempos pasados.

¿Quién que tenga ya una edad que ocultar y una vida anterior que proteger no recuerda la escandalera algarabía del mercado de abastos los jueves y los sábados, días de su máximo ajetreo, cuando se pregonaba «a grito pelao» el género ofrecido y se discutía a viva voz el precio obligado, como en una comedia sainetera con los papeles bien ensayados y mejor distribuidos? Entrar en el «mercao» era atravesar un mundo de olores que tenían sabores, sabores que tenían colores y colores que tenían olores, como en un bucle sin fin en la marabunta de voces, ruidos y sonidos en constante movimiento, en el que todos se conocían y todos te conocían, fiel a su oficio de mentidero de la ciudad. Ese era el Béjar desaparecido que celosamente añoramos en nuestra memoria colectiva.


Y el otro es el Béjar actual, el que todavía da vida y actividad a nuestra ciudad; el que acoge, satisfecho y con agrado, a la mayoría de la población que habita en viviendas dignas de ese nombre y a la mayoría de su comercio. Ese Béjar que sigue gustando a sus habitantes, a nuestros visitantes y a toda la buena gente de paso. Imagen real, pero incompleta. Este es el Béjar actual, parecido a cualquier otra ciudad de su tamaño, pero lejos del que fue.

Mas, cada año que pasa, ese límite entre ambas realidades «sube» más y más y más. Esa línea que una vez deseamos que quedara inamovible en la Plaza Mayor se ha plantado –pero avisando previamente– en nuestra bejaranísima Puerta de la Villa –o de Ávila, que tanto monta y vale un nombre como el otro–. Es un límite de una sola dirección que solo va y nunca viene; «un límite sin marcha atrás».

Lamentablemente, en ese Béjar que sigue activo se aprecian las señales de cómo los mismos males comienzan a hacer la misma mella, presentando los mismos síntomas de despoblación: con un mayor número de viviendas que cada día se van quedando vacías, silenciadas y frías por la ausencia de vida tras el fallecimiento de sus moradores, cuyos herederos desean y necesitan esa enajenación que no llega. Son viviendas aptas para ser de nuevo habitadas, deseosas de volver a tener el ruido y la calidez de la vida de nuevos moradores. También se aprecian los mismos síntomas de descomercialización, con una creciente oferta de locales con sus puertas trancadas y varados en las aceras, a la espera de otros vientos más propicios para poder reanudar su actividad y evitar su derrota trapera.


 

Acobardados, ni siquiera nos queremos preguntar: ¿cuánta vida les queda?

Resulta paradójico que en el momento actual que nos ha tocado vivir, en el que la escasez de viviendas en nuestro país resulta un grave problema para la población en general –que por diferentes motivos no conviene discutir aquí y ahora–, en cambio, a nuestra ciudad le sobren viviendas disponibles y listas para entrar a habitar de inmediato, y a precios que vamos a llamar «muy razonables»; precios que, como curiosos cotillas, nos paramos a ver en los cartelones de las modernas «tiendas de viviendas» que son las inmobiliarias.

¿Cómo llamamos a esto? ¿Por qué nos empeñamos en ir a contracorriente?

Pero quizás la más perversa de las consecuencias de la despoblación y su envejecimiento –y la que lastra su salida como ninguna otra– es la falta de mano de obra activa dispuesta y necesaria para la instalación de nuevas fuentes económicas más allá del recurrente e insuficiente autoempleo. Esto lo saben bien las escasas industrias que aún resisten, las cuales tienen serias dificultades para encontrar suficiente personal cualificado y con los conocimientos y la experiencia necesarios o, al menos, disponible para su formación y contratación. Son trabajadores imprescindibles para poder atender el incremento de actividad, o la diversificación de la misma, que sus clientes les están demandando, y para el emprendimiento de nuevas industrias que viren el rumbo de nuestra ciudad.

Esta situación reduce su capacidad de competitividad en el mercado actual a corto y medio plazo. 


 

Históricamente, el obrero textil bejarano –y de cualquier otro ramo– ha sido siempre bien apreciado por su laboriosidad y entrega al buen hacer de su trabajo, lo que hizo posible el florecimiento de la histórica Fábrica de Paños Finos (así como el discriminatorio enriquecimiento de los fabricantes) y todo lo que vino detrás. Mas, en este momento, ese bejarano es, por su escasez, una «especie en extinción», y ello acarrea la pérdida final de un conocimiento laboral acumulado: un patrimonio común de la ciudad de inestimable valor económico y cultural.

Nuestras fábricas no pueden fabricar más porque no tienen los recursos humanos adecuados para ello.


 

Las razones que han llevado a nuestra amadísima ciudad hasta esta situación de desindustrialización y retroceso general son muy diversas –y algunas ajenas a ella– y no son de pelear en esta ventana, ni le corresponde hacerlo al que esto escribe; pero lo que sí nos pone a todos de acuerdo son sus consecuentes actuales. El que esa misma situación sea la generalizada en la geografía que nos ha tocado compartir, en ningún caso nos consuela.

“Las cosas son como son, nunca son como deben ser”… (Gandhi),

... «y menos aún son como nos gustaría que fueran» (añade este autor).

Así es hoy nuestra convivencia, entremezclada entre lo viejo y lo nuevo, lo antiguo y lo moderno; cruz y cara inseparables de la misma realidad bejarana.

Continuará 

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"No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo." Óscar Wilde.