Autor: Óscar Rivadeneyra Prieto
Cuando en 1726 falleció María Leocadia de Moreta, todos sus deudos y allegados sabían que en ella habían convergido un número indeterminado de mayorazgos: el que fundó en el siglo XVI el alférez mayor de Béjar Juan Muñoz y los que sus descendientes fueron sumando a lo largo de los años y de las generaciones. A saber, los instituidos por el canónigo de Coria Juan Muñoz de Cepeda, por Francisco de Moreta Salazar, por el canónigo de la catedral de León Juan Muñoz, por Teresa de León, por el vicario y comisario del Santo Oficio de Béjar Antonio Muñoz de Sotomayor, por su hermana Esperanza Aguilar, por Diego Muñoz de Aguilar, por la tía de estos Catalina Muñoz de Villaseca, por su hijo Pedro de Moreta, por las hermanas Catalina e Inés Muñoz de Tórtoles, por las hermanas Catalina y María del Vado, por los hermanos Pedro y Alonso del Vado, por Diego de Moreta y, en fin, por otros tantos que sería prolijo enumerar enteramente. Era de dominio público asimismo que María Leocadia, tras su óbito, no dejaba más descendencia que un único hijo Enrique Pamo de Contreras, y que este estaba «enfermo insanable de locura»[1].
Escudo de los Muñoz de Aguilar Sotomayor de la iglesia de San Juan de Béjar
Foto sacada de aquí
Dado que en las escrituras de fundación de todos aquellos mayorazgos se señalaba para la sucesión la «expresa exclusión de dementes y locos», una prima segunda del citado Enrique, llamada Ignacia Teresa de Salvatierra y Moreta, consorte del vizconde de Huerta, hizo valer sus opciones y derechos para acaparar todos aquellos viejos privilegios[2]. Remover antiguos legajos para inquietar la tradicional bonhomía y abulia de las familias hidalgas, enfrentando intereses entre familiares cercanos, no podía tener más objetivo que hacerse con el suculento botín de rentas que solían llevar aparejados los mayorazgos. Para ello se esgrimirían tales exigencias y censuras en la sucesión de vínculos. Pongamos por ejemplo esta cláusula extractada de la fundación del mayorazgo de Diego Muñoz de Aguilar, bisnieto del primer fundador, redactada en Béjar en 1622:
Iten ordeno, quiero y es mi voluntad, que si la persona que hubiere de suceder en este dicho vínculo y mayorazgo fuere loco, bobo o mentecato, que por el mismo caso sea privado, y yo por la presente le privo y excluyo de la tenencia y posesión de él y quiero pase al siguiente en grado (…) con tal condición que haya de dar alimentos y congrua sustentación al tal mentecato, loco o bobo, mientras viviese[3].
Aunque los orígenes de los individuos que configuraban la compleja genealogía de aquel despliegue de títulos eran diversos (Salamanca, Barco de Ávila, Salvatierra, etc.) la cabeza de los vínculos era la villa de Béjar, donde a principios del siglo XVI el citado Juan Muñoz alférez había fundado el mayorazgo matriz y donde durante cerca de trescientos años se dieron las rentas y el patrimonio más importantes. Por otra parte, la proliferación de clérigos en la familia hizo que varias de esas fundaciones fueran de tipo eclesial, sobre todo capellanías y memorias pías, que tradicionalmente tenían su sede en la parroquia bejarana de San Juan Bautista, muy vinculada con esta estirpe. Las armas de la heráldica de Aguilar (presididas, como no podía ser de otra manera, por un águila) seguían siendo en el siglo XVIII las señas de identidad del mayorazgo pese a que ese apellido ya había quedado relegado en el despliegue nominal de las últimas poseedoras.
Interior de la iglesia de San Juan Bautista de Béjar
El pleito de marras fue ganado por Ignacia Teresa por lo que ella, y su marido el vizconde, comenzaron a disfrutar de todos los bienes, tanto muebles como inmuebles, que engrosaban aquel sinfín de mayorazgos. La justicia, no obstante, no iba a dejar desamparado a Pamo de Contreras, pues aunque le privara de los derechos de sucesión a causa de su enfermedad mental, obligaba a los vizcondes de Huerta a indemnizarle con seiscientos ducados anuales más cien reales y una fanega de trigo que debían satisfacer a sus dos hijas[4], tal y como en el citado ejemplo del extracto transcrito se determinaba. El elevado caudal de rentas del matrimonio formado por Ignacia Teresa de Salvatierra y Contreras y Josef Francisco Vicente de Borja Muñoz de Castilblanque era más que suficiente para sufragar esas obligaciones con su desequilibrado pariente.
El vizconde de Huerta (o mejor habría que decir la vizcondesa, como descendiente directa de los Aguilar bejaranos) iba a disfrutar de un importante patrimonio fruto de las inversiones y las adquisiciones de sus antepasados. Como este se distribuía geográficamente por términos diversos, Salamanca, Valverde, Barco de Ávila, Becedas, Gilbuena, Medinilla, etc. su descripción excedería estas líneas, motivo por el que nos centraremos sobre todo en los bienes inmuebles correspondientes a Béjar, sin obviar alguna curiosidad dentro de la amalgama de vínculos que los clérigos y seglares de esta estirpe fueron acaparando también en el norte de Extremadura. Nos estamos refiriendo al «pozo y casa de la nieve» del Piornal (Cáceres) que ya formaba parte de este conjunto de mayorazgos en el año 1667, fecha en que Catalina Muñoz de Cepeda y Aguilar, tataranieta del alférez de Béjar Juan Muñoz, tomó posesión de él. Leamos el histórico texto que certifica la potestad de aquella dama sobre el nevero de Piornal:
Dibujo de un pozo de nieve. Sacado de aquí
Posesión: Estando en las puertas del pozo que llaman de Piornal, a 14 días del mes de noviembre de 1667 don Josef de Neila, vecino de la ciudad de Plasencia por ante mí, el escribano público y testigos, en virtud del poder que tiene de doña Catalina Muñoz de Cepeda y Aguilar, viuda de don Pedro Muñoz de Aponte, madre y heredera de don Francisco Muñoz de Cepeda Carvajal, presbítero y vecino que fue de dicha ciudad, requirió con el auto de suso a Juan de Herrera a la heredad del dicho lugar de Piornal para que en su virtud le dé la posesión del dicho pozo y casa de la nieve como por bien y hacienda del mayorazgo que fundó don Juan Muñoz de Cepeda [su sobrino], canónigo que fue de la santa iglesia y catedral de Coria. Y el dicho alcalde le tomó por la mano al dicho Josef de Neila y metió dentro de la casa donde está el dicho pozo, y dijo le daba y dio la posesión del dicho pozo y casa con los demás instrumentos que tiene para su administración, sin perjuicio de tercero que mejor derecho tenga. Y el dicho Josef Neila en señal de posesión y dominio se paseó por la dicha casa y anduvo con el carril como instrumento de dicho pozo, y abrió y cerró la llave de la puerta de la dicha casa e hizo otros actos de posesión…[5].
El ya lucrativo negocio de la nieve llegó por vía de sucesión y descendencia a los citados vizcondes de Huerta medio siglo después tal y como nos señala Fernando Flores del Manzano en su trabajo sobre Piornal, donde nos recuerda el papel del vizconde en la explotación del citado pozo:
Poco avanzado el siglo [XVIII], fluye desde Madrid la idea y el capital para construir un pozo de nieve en el Egido de Piornal. La promueve Vicente María de Borja, primogénito de los vizcondes de Huertas(sic). El ovalado pozo de encerrar nieve tiene unas dimensiones de 17 varas de profundidad y 9,5 de concavidad. El suelo se halla enlosado y con el correspondiente desagüe. Va cubierto con una techumbre de madera y tejas árabes. En él se iban depositando los «bolos» de nieve que, con ayuda de un palo, se traían hasta el pozo[6].
Ahora sabemos que De Borja no fue propiamente el constructor del pozo sino que lo heredó, por lo que sería más exacto decir que se reconstruyó a iniciativa suya debido, tal vez, a que por su antigüedad (ya hemos visto que podría datar al menos de mediados del siglo XVII) estuviera arruinado. Más datos del pozo piornaliego los encontramos en las Respuestas Generales del Catastro de Ensenada correspondientes a esa localidad cacereña redactadas en el año 1752:
Respuesta 17: Un pozo de encerrar nieve inmediato a este pueblo que pertenece a don Vicente María de Borja Salvatierra y Moreta que le vale en arrendamiento todos los años que en él se encierra nieve mil ochocientos reales de vellón que le paga Pedro Eguía, su arrendatario[7].
Este caso particular es un ejemplo perfecto de cómo los mayorazgos extendían sus redes económicas mucho más allá de su sede principal. Además del nevero el cuerpo de bienes sumado lo configuraban casas, linares, viñas, dehesas, huertas, etc. distribuidas por un sinfín de poblaciones debido al variado origen de los individuos con los que los descendientes de Aguilar fueron casándose, sumando con ello nuevos patrimonios. Y por si fuera poco a los bienes raíces se unía una larga nómina de censos fruto de las inversiones prestamistas de los fundadores de los vínculos[8] que permitieron vivir de las rentas a buena parte de la estirpe acorde al tradicional modelo de la nobleza castellana.
Vista de Béjar
Béjar, como lugar de origen, contaba con tres referentes históricos del mayorazgo de Aguilar: el conjunto de tres casas en la calle Mayor en las inmediaciones del Caño Comendador, las cortinas y huertos en la Solana, y finalmente el más simbólico de ellos: la capilla en la iglesia de San Juan que, aunque hoy es usada como sacristía, sigue siendo conocida como «la capilla de los Aguilares».
En el próximo capítulo, además de intentar pergeñar un árbol genealógico de la familia y sus mayorazgos, trataremos más al detalle de estas propiedades bejaranas.
Continuará
[1] Archivo de la Real Chancillería de Valladolid (ARCHV), Registro de Ejecutorias, Caja 3159,55. Ejecutoria del pleito litigado por José Francisco de Borja, vizconde de Huerta, e Ignacia Teresa de Salvatierra Moreta, vecinos de Madrid, con Enrique Pamo de Contreras, sobre la posesión de los vínculos, mayorazgos y patronatos fundados por el alférez mayor de Béjar (Salamanca), Juan Muñoz de Cepeda, Francisco Moreta y otros, f.1.
[2] Ibidem.
[3] Archivo Histórico Provincial de Salamanca (AHPSA), Protocolo Notarial 964, f.112v. La fundación de este mayorazgo por Diego Muñoz de Aguilar es una de tantas que diversos miembros de la familia van realizando a lo largo de la historia y agregándose a la primera.
[4] ARCHV Ejecutoria del pleito litigado por José Francisco de Borja, último folio.
[5] Ibidem, f.18v. Para un mejor conocimiento de la explotación histórica de la nieve en la zona consúltese MAJADA NEILA, José Luis: Historia de la nieve de Béjar. Centro de Estudios Salmantinos. Salamanca, 1981; FRÍAS CORSINO, Juan Antonio: «Avance del catálogo de pozos de nieve de Salamanca, Ávila y Cáceres» en El comercio del frío. 2001 Actas del II congreso internacional sobre la utilización del hielo y la nieve natural, pp.237-244. Diputación de Valencia. Xarsa Museos. Valencia, 2007; y del mismo autor: «Uso, consumo y arquitectura de la nieve en torno al jardín. Del Renacimiento a la actualidad». Actas de las IV Jornadas El Bosque de Béjar y las Villas de recreo en el Renacimiento. Grupo Cultural San Gil. Béjar, 2004, pp.123-138.
[6] FLORES DEL MANZANO, Fernando: Piornal. Estudio sobre una población de la serranía extremeña. Institución Cultural El Brocense. Cáceres, 1999, pp.133 y 134.
[7] Archivo General de Simancas (AGS), Catastro de Ensenada, Respuestas generales 147 (Piornal) f.634. De la lectura de este texto podemos sacar dos conclusiones: en primer lugar que la renta que se cobraba por su arrendamiento era bastante elevada, casi dos mil reales, cuando en los mismos años un molino o una casa normales no llegaban a los mil reales. Asimismo la limitación de uso determinada en la expresión «los años que en él se encierra nieve» parece una condición impuesta por la escasez de ella en algunos inviernos de la época.
[8] El censo consignativo era un préstamo hipotecario que rentaba al prestamista mientras aquel no se redimiese o devolviese, y cuyo beneficio y carga se heredaba de padres a hijos. Este modelo fue básico para el crecimiento económico de las instituciones eclesiásticas en la Edad Moderna.



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