Autor: Óscar Rivadeneyra Prieto
Juan Muñoz alférez[1], el fundador
En una fecha tan temprana como el 12 de octubre de 1519[2] el alférez mayor de Béjar Juan Muñoz redactó su testamento, falleciendo presumiblemente poco tiempo después. Su condición de noble quedó puesta de manifiesto al declarar el deseo de ser enterrado en la capilla que él mismo edificó junto al altar de la iglesia del convento de San Francisco, espacio reservado a familias muy selectas de la villa. Este era el lugar de enterramiento más habitual de los miembros del linaje antes de la construcción de la nueva capilla en la actual sacristía de San Juan un siglo después. Por suerte la lápida de Muñoz alférez se ha conservado y hoy podemos verla muy cerca de su emplazamiento original, en el claustro del ahora exconvento. Aunque durante años estuvo colocada como enlosado de una calle bejarana perdiéndose con ello parte del relieve grabado, logramos aún vislumbrar en ella la forma de su escudo, especialmente en los cuarteles superiores donde aparecen la cruz propia del apellido Muñoz y el águila de Aguilar. Esto vendría a demostrar que aunque no consta que lo usara ese era su segundo apellido. Rodeando el escudo se percibe un texto con caligrafía gótica de privilegios donde a duras penas puede leerse el nombre de su protagonista.
Lápida sepulcral de Juan Muñoz alférez
En el testamento Juan Muñoz alférez estableció su vínculo y mayorazgo siguiendo la tradicional fórmula de sucesión en esta institución castellana, es decir priorizando a varones y a primogénitos:
es mi voluntad que a Francisco Muñoz, mi hijo, se le mejore, y por la parte que sea mejorado, en el tercio y quinto de todos mis bienes muebles, raíces y semovientes, derechos y haciendas, señaladamente en la heredad de Santibáñez y en la mi casa, que es mía […] como vínculo. Y después del dicho Francisco Muñoz, mi hijo, [suceda] el hijo mayor de él de legítimo matrimonio. Y si muriere sin dejar hijos varones la mejora vaya a favor de su hija legítima, y faltando la línea de la hija mayor vaya a la segunda…[3].
Vamos a trazar una hipótesis de localización de esta primera casa mencionada, sobre la que según el testamento se funda el mayorazgo. Con importantes transformaciones y a pesar del tiempo transcurrido el inmueble se ha podido conservar hasta hoy. En su libro Los judíos de Plasencia y de Béjar y la casa de los Zúñiga Marciano Martín Manuel presenta una colección diplomática en cuyo documento 33, fechado en 1496, se puede leer la concesión en merced a Juan Muñoz alférez y sus hijos de una casa «que fue de Rabí Samuel»[4] y que en su momento localizamos en la todavía hoy conocida como casa de Pizarro[5] en la plaza de la Piedad de Béjar. Al demostrarse que aquella donación ducal había sido fraudulenta el inmueble debió de devolverse y cambiar de manos pese a las reclamaciones de dos bisnietos del alférez, Diego y Antonio[6]. Lo cierto es que años después volvería a entrar en el mayorazgo de los Aguilar debido a que uno de sus receptores tras el fraude pudo ser Fernando de San Juan Maldonado, ascendiente de María Maldonado. Ésta terminaría casándose con otro bisnieto del fundador llevando consigo como dote la susodicha casa. Catalina de Cepeda, hija de ese matrimonio acabaría desvinculándola al venderla a Juan de Capilla en 1649. Para esta enajenación Catalina tuvo que formular petición al rey Felipe IV tal y como era preceptivo en los casos de venta de bienes vinculados[7]. Las ganancias de ello las invertiría en la mejora de otras casas de su mayorazgo, en otro tramo de la calle Mayor bejarana, de las que hablaremos en su momento.
Aparte de su ocupación de alférez mayor, dignidad de tipo militar que fue adquiriendo una función más simbólica que efectiva, Juan Muñoz fue regidor de la villa y también estuvo al servicio del duque Álvaro II. Contrajo matrimonio en dos ocasiones teniendo descendencia con su primera mujer Catalina Muñoz: cuatro hijas y dos hijos. El mayor, Francisco, habría de heredar no solo el mayorazgo sino también el cargo de alférez mayor y el servicio a los duques con el oficio de mayordomo.
La sucesiva descendencia
Francisco Muñoz alférez, que fallecería en 1530[8], se casaría en Béjar con Catalina de Villaseca y Sotomayor, cuyo segundo apellido sería rescatado por alguno de sus descendientes y figuraría, a partir de ese momento, en la heráldica de los escudos del mayorazgo. Tuvo tres hijos Juan, Diego y Catalina (el nombre de Catalina sería recurrente a través de la historia en esta estirpe) que inaugurarían otras tantas ramas de Aguilar sustituyéndose alternativamente en el disfrute del mayorazgo. Los dos varones pleitearían con el Ayuntamiento de Béjar para demostrar su nobleza en 1587 alegando entre otras cosas que habían sido alcaldes y procuradores del estado de los hijosdalgo de la villa, así como que tanto sus padres como sus abuelos habían tenido el privilegio de no pagar impuestos. De este modo se habían hecho acreedores de la vieja y rimbombante formula de hidalgos «de sangre notorios de solar conocido devengar quinientos sueldos según fuero de España»[9].
Iglesia de San Juan Bautista
Mientras en estos juicios los demandantes buscaban prestigiarse socialmente la parte contraria, el Ayuntamiento, pretendía favorecer al bien común buscando nuevos contribuyentes[10]. En este sentido resulta llamativa la alegación primera contra los hermanos Muñoz de Aguilar considerando que si «habían dejado de pechar sería y fue por ser pobres y no tener con que pechar» abundando en el viejo y quijotesco tópico de la precariedad económica de la hidalguía castellana, que en este caso creemos no se daba. Alguno de los testigos defendió que los litigantes «por línea de varón ninguno de ellos había sido bastardo, ni espurio, ni de casta de moros, ni judíos, ni de los nuevamente convertidos a nuestra santa iglesia católica, ni haber sido presos ni penitenciados por el santo oficio de la Santa Inquisición»[11], fórmula por otra parte muy reiterada en toda demostración de nobleza pretendida ante la justicia.
El mayorazgo había recaído, como hijo varón mayor, en Juan Muñoz de Aguilar, pero su hermano Diego no pareció quedar completamente desheredado y sí por el contrario con suficientes bienes como para fundar su propio vínculo que pasado el tiempo acabaría incorporado al principal. Sigamos con la línea de primogenitura: Juan Muñoz de Aguilar continuando la tradición familiar disfrutaría en su juventud de un cargo al servicio de la casa ducal de Béjar, en su caso en calidad de paje. Tras suceder a su progenitor en el mayorazgo principal se casaría con Beatriz de Cepeda Carvajal, dama placentina que tras el matrimonio se trasladó a residir en Béjar. Estamos alrededor del año 1540 y con la concepción de dos hijos, Gómez de Cepeda y Francisco Muñoz de Aguilar, se aseguraba la sucesión y el engrandecimiento de la estirpe gracias, entre otras cosas, a la buena dote con que doña Beatriz había accedido al casamiento.
La nueva generación de Aguilares habría de concertar un enlace que reforzaría más si cabe al linaje blindándolo de intromisiones ajenas, y desarrollando una fórmula parental clásica: el matrimonio de conveniencia entre parientes cercanos. Para entenderla tenemos que rescatar y releer una vieja escritura del año 1597 redactada en Béjar: el testamento del médico Miguel Barco, más conocido como el licenciado Barco[12]. En ella el galeno, entre otras muchas mandas, nombraba patrón de la memoria pía[13] que en ese momento fundaba a su amigo Francisco Muñoz de Aguilar, el segundo hijo de Juan y de Beatriz. Para su sucesión ordenaba que lo hiciera siempre su hijo varón primogénito, y como quiera que por esas fechas de finales del siglo XVI Francisco ya había tenido descendencia femenina, una niña llamada Catalina Muñoz de Aguilar, fruto de su matrimonio con María Maldonado[14], había que confiar en una nueva concepción de género masculino. El deseado varón no llegó por lo que se acabó permitiendo que fuera Catalina quien sucediera; eso sí, con una condición sine qua non: que se casase con un hijo de Gómez de Cepeda, es decir con un primo hermano. Si esto no se cumplía el patronazgo pasaría a otra rama de la familia, siempre en la figura de un varón. De este modo se concertó el matrimonio entre Catalina y Pedro de Cepeda, pero como ella tan solo contaba con cuatro años, hasta que el enlace pudiera hacerse efectivo la gestión del patronato recayó provisionalmente en Gómez de Cepeda, padre del novio.
Continuará
[1] En todas las referencias escritas a su persona figura el «alférez» solapado a su nombre, alcanzando casi categoría de apellido apócrifo.
[2] Ese día concreto se cumplían 27 años del descubrimiento de América. Aún no se redactaban partidas sacramentales en las parroquias por lo que de la mayor parte de personas no quedaba registrada referencia alguna a su nacimiento, matrimonio o muerte.
[3] Archivo de la Real Chancillería de Valladolid (ARCHV), Registro de Ejecutorias, Caja 3159,55. Ejecutoria del pleito litigado por José Francisco de Borja, vizconde de Huerta, e Ignacia Teresa de Salvatierra Moreta, vecinos de Madrid, con Enrique Pamo de Contreras, sobre la posesión de los vínculos, mayorazgos y patronatos fundados por el alférez mayor de Béjar (Salamanca), Juan Muñoz de Cepeda, Francisco Moreta y otros, f.2.
[4] MARTÍN MANUEL, Marciano. Los judíos de Plasencia y de Bejar y la casa de Zúñiga. Libros del Lagar. Cáceres, 2023, pp.425-427.
[5] RIVADENEYRA PRIETO, Óscar: «El mayorazgo de Juan Núñez Burgalés, de la mercadería a la nobleza» en Estudios bejaranos, nº XXV. CEB. Béjar, 2021, p.98.
[6] Op.cit. Los judíos de Plasencia…, p. 297.
[7] Archivo Histórico Provincial de Salamanca (AHPSA), P.N. 833, f.11 y ss. Año 1649.
[8] Así lo manifestó Gaspar Gutiérrez, como testigo en el pleito de los Aguilar por su hidalguía que adelante detallaremos.
[9] ARCHV, Registro de Ejecutorias,Caja 1682,1: Ejecutoria del pleito litigado por Juan Muñoz de Aguilar y Diego de Aguilar, hermanos y vecinos de Béjar (Salamanca), con el fiscal del rey y el concejo y pecheros de dicha villa, sobre su hidalguía, f.1. El segundo de ellos, haciéndose llamar Diego de Aguilar hidalgo, marcaría distancia con un vecino homónimo pechero (condición de contribuyente contraria a la de hidalgo) a quien conocían como Diego de Aguilar sastre.
[10] Resulta interesante comprobar la confrontación de pretensiones que se da en la sociedad de la Edad Moderna: mientras en el individuo primaban aspectos más abstractos e idealizados como la honra o el honor (no era la exención de impuestos lo que más les importaba), las administraciones estaban cargadas de pragmatismo y racionalidad.
[11] ARCHV, Registro de Ejecutorias,Caja 1682,1; f.3.
[12] ARCHV, Registro de Ejecutorias,Caja 1957,100: Ejecutoria del pleito litigado por Gómez Muñoz de Cepeda y su hijo Juan de Aguilar, vecinos de Béjar (Salamanca), con María Maldonado, como curadora de Catalina de Aguilar, su hija.
[13] Las memorias pías eran fundaciones de tipo religioso, generalmente creadas por clérigos (aunque con excepciones como en este caso), en las que a través de redacciones testamentarias se ponían ciertos bienes o rentas del fundador al servicio de misas en su recuerdo y en beneficio de su tránsito al paraíso. Parte de esas rentas servía para sufragar las celebraciones, otra parte la recibía el llamado «cura beneficiado» que las oficiaba, y otra servía para pagar a un patrono que administraba dichas rentas. Tanto el cura como el patrono eran elegidos entre los clérigos y los seglares de la familia siguiendo un orden establecido por el fundador a semejanza de los mayorazgos.
[14] Como señalamos al principio, a través de esta María Maldonado entraría (o se reintegraría) en el mayorazgo la casa de los portales del Pizarro.



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