Publicado: Béjar en Madrid, nº4.586 . Febrero de 2010
Madrid bullía aquel agosto de 1746. El rey de las Españas, Felipe V, el primer Borbón en el trono, había muerto el mes anterior en el Palacio del Buen Retiro envuelto en sus excentricidades. Era la hora de que Fernando VI tomara las riendas de la política, en un reinado que se presumía pacífico y pleno de novedades (siempre las nuevas etapas alientan los ánimos y las esperanzas en la mentalidad general, aunque los buenos deseos a veces no se hagan realidad).
Mientras, las noticias volaban cansinamente siguiendo serpenteantes caminos, intransitables trochas, ciudades populosas, recorriendo llanuras y pasos serranos hasta la villa señorial de Béjar. A veces los rumores asaltaban a los habitantes antes que la versión oficial y el pueblo se deshacía en mil especulaciones. Cuando el pregonero tocaba su cornetín convocando al pueblo en el centro de la Plaza Mayor, las buenas o malas nuevas habían quedado obsoletas, pero al menos se zanjaban las lenguas viperinas que anunciaban catástrofes, hundimientos de barcos repletos de oro, miles de muertos en batallas supuestas y sucesos casi siempre escabrosos y sangrientos.
Mientras, las noticias volaban cansinamente siguiendo serpenteantes caminos, intransitables trochas, ciudades populosas, recorriendo llanuras y pasos serranos hasta la villa señorial de Béjar. A veces los rumores asaltaban a los habitantes antes que la versión oficial y el pueblo se deshacía en mil especulaciones. Cuando el pregonero tocaba su cornetín convocando al pueblo en el centro de la Plaza Mayor, las buenas o malas nuevas habían quedado obsoletas, pero al menos se zanjaban las lenguas viperinas que anunciaban catástrofes, hundimientos de barcos repletos de oro, miles de muertos en batallas supuestas y sucesos casi siempre escabrosos y sangrientos.
Aquella mañana de agosto Antonio Montenegro, el pregonero, salió con paso resuelto del edificio del consistorio, atravesando los soportales y dejando atrás la descansada sombra de la que había disfrutado hasta ese momento. Viandantes que transitaban por la Plaza Mayor se detuvieron para escuchar, los mendigos que pedían a las puertas de El Salvador enmudecieron, al igual que los tenderos que lanzaban sus voces en pro de sus mercancías. En un momento se reunieron en torno a él un grupo populoso, ávido de noticias. Inmerso en un silencio sepulcral, el pregonero tomó aire y anunció solemnemente la muerte del rey Felipe V, mientras los curiosos procedían a santiguarse y musitar una oración. Unos segundos después alzaba su voz melodiosa para pronunciar un viva por el nuevo rey Fernando VI. Reunido el consistorio en pleno se decidió que “se hiziesen las honrras y ofizio al que Dios ttiene de Nuestro difunto Rey y Señor Don Phelipe quinto y que para que se hiziesen con la diligenzia y autoridad que corresponde segun los posibles desta Villa y Tierra, se convocase ael estado eclcesiastico en Caveza del Abbad, Curas y demas Ecclesiasticos en particular y algunos seculares de alguna distinzion” para encargarles la celebración de las honras en memoria del Rey. En todo caso, esta petición correspondía al concejo que pidió a los curas “mandasen pulsar las Campanas” de todas las iglesias de la Villa durante los tres días precedentes.

