Autora: Carmen Cascón Matas
Tras estas
apasionantes entradas sobre un personaje, que conoció en una sola vida tanto
las grandezas de la corte como la miseria del desprecio y de la muerte
violenta, que con su ingenio logró codearse con la más rancia nobleza, primero
sirviendo a las órdenes de su amo, don Álvaro de Zúñiga, duque de Béjar, y
después a la vera del emperador Carlos V, nos queda por vislumbrar los trazos
de su afilada pluma, fiel reflejo de una lengua acostumbrada a decir verdades.
¿Qué lindezas escribiría y pronunciaría para atraer las inquinas de los nobles
de su época? Porque la verdad dicha sin tapujos no agrada a nadie. De ello se
daba cuenta el bufón al escribir en una carta al emperador: “Si pensara, señor
Emperador, que tan mal me había de suceder, y que tan poco había de medrar, y
que mis amigos había de perder, y tantos enemigos cobrar (…); que ni auctor me
hiciera ni cronista me llamara. Mas no me maravilla, que negocio es muy usado
que quien mucho habla su pago lleva y muy poco medra, digo de riquezas y bienes
comunes; porque de palos y pescozones, en su mano es dallos, y mi trabajoso
cuerpo recibillos.” La ira nobiliaria la sentía ya por entonces cerca: “el
duque de Béjar no me mira, aunque pase por junto a él, y el Condestable me
guiña, el marqués de Cenete me amenaza, musiur de Laxao me las jura, y Sancho
Bravo me las pega Domine, adjuva me.” ¿Preconizaba la muerte que le
esperaba?
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