Autor: Óscar Rivadeneyra Prieto
A punto de finalizar el siglo XVI, el día dos de octubre de 1598, Francisco Muñoz de Aguilar redactaba en su casa de Béjar el testamento bajo cuya ordenación moriría. Indicaba en primer lugar el deseo de «que mi cuerpo sea sepultado en la iglesia del monasterio de San Francisco en la capilla que fundó y dotó Juan Muñoz alférez, mi bisabuelo, que Dios tiene, junto a la sepultura donde está Juan Muñoz de Aguilar, mi padre»[1] y declaraba como heredera universal de todos sus bienes, vínculos y mayorazgos, a su hija Catalina Muñoz de Aguilar, tenida con su esposa María Maldonado.
Calleja del Balconcillo de la Médica
En Catalina —obligada a casarse con su primo Pedro de Cepeda como indicamos en el artículo anterior— convergería un patrimonio derivado de distintas herencias, tanto de ascendientes como de descendientes, y entre el que destacaba el mencionado pozo de nieve de Piornal y las casas en Béjar. En su matrimonio concebiría tres hijos, Juan, Francisco y Catalina, que irían alternándose en la sucesión de los mayorazgos hasta que la línea se quedó sin descendencia. Esa línea de primogenitura se había mantenido en la titularidad del vínculo desde su fundación, pero a partir de esa fecha tendría que retroceder a la de Diego de Aguilar, otro de los nietos de Juan Muñoz alférez (ver árbol genealógico). El nombre de Diego se repetiría en tres generaciones seguidas de esta rama cuyos protagonistas habían seguido acaparando patrimonio propio y fundado nuevos mayorazgos. El segundo de ellos, conocido como el licenciado Diego Muñoz de Aguilar, en aras de la no dispersión de sus bienes, conminaría a tres de sus hijos —Juan, Martín y Francisco— a renunciar a toda su herencia en beneficio del hijo mayor, llamado, cómo no, Diego. Los tres hermanos obedecieron. En la escritura redactada en 1622 se explicita el espíritu que regía la fundación de estos mayorazgos:
…para que el dicho don Diego Muñoz de Aguilar Sotomayor, mi hijo mayor y sus descendientes perpetuamente conserven la nobleza, limpieza, honra, memoria y renombre de mis padres y antecesores, y porque es cosa natural que todo viviente quiera y procure el acrecentamiento de vida y honra y estado suyo y de los suyos y de sus linajes, y en especial aquellos que vienen y descienden de noble, claro linaje y sangre. La cual conservación y perpetuidad de nobleza y limpieza y renombre, como la experiencia lo muestra y ha mostrado, se ha seguido y sigue de mayorazgos y vínculos que han sido dejados para que anden perpetuamente unidos, juntos y vinculados y ha resultado gran servicio de Dios, nuestro Señor y de los señores reyes y aumento de la república[2].
La misma escritura hace una relación de los bienes que comprendían ese mayorazgo, destacando en primer lugar
Calle Mayor de Béjar. Al fondo las casas del mayorazgo de los Muñoz de Aguilar
la cuarta parte de unas casas que quedaron por fin y muerte de mis padres, en esta villa al caño del Comendador, con sus portales y vergel, que lindan con casas del cabildo eclesiástico de esta villa y con el Balcón que sale al castillo, y otros linderos notorios[3].
Nos detendremos en esta casa, en su localización y significado dentro de la estirpe de Aguilar. Nos consta que en el año 1576 Diego de Aguilar, abuelo del que ahora la recibía, ya la tenía en propiedad denominándose «del Balcón». Es probable que él mismo la adquiriera o la mandara construir[4]. En la siguiente generación la propiedad del inmueble se repartiría de manera cuatripartita entre sus hijos: el canónigo don Antonio Muñoz de Sotomayor, Juan Muñoz de Sotomayor, Esperanza Aguilar y el licenciado Diego de Aguilar, volviéndose a unificar en el hijo de este último.
Para localizarla con cierta precisión debemos atender al término «balcón», cuyo significado difería algo del actual: se denominaba balcón al techado de un pasadizo bajo cubierta, y así se llamaron las casas alzadas sobre ciertas calles bejaranas que descendían desde la calle Mayor a la Solana. Una de ellas, que aún se conoce como Balconcillo de la Médica, es la que lindaba con la casa en cuestión. ¿Pero dónde estaba el castillo al que se alude en la escritura? La lógica nos hace pensar que se situaba en la parte más alta de la zona, justo en la continuación de ese «balcón», o calleja cubierta, que cruzando la calle Mayor acababa saliendo a la zona de las Parrillas. Este espacio, actualmente aislado entre bloques de viviendas y no visible, conserva todavía el trazado de una calle[5]. Por su altitud, el lugar parece idóneo para la localización de un torreón o un castillo, eso sí de factura y datación desconocidas.
La «casa del Balcón», junto con otras dos cercanas viviendas en la misma calle Mayor, era el patrimonio edilicio del mayorazgo de Aguilar en Béjar. La denominaba «casa principal», se localizaba muy cerca, en los actuales números 12 y 14 de la calle Sánchez Ocaña, frente al caño Comendador. En su fachada, tal y como señalaba Catalina Muñoz de Cepeda, campeaban las armas y el escudo de la familia al menos hasta el año 1649[6]. Una parte había sido adquirida por el clérigo don Antonio Muñoz de Sotomayor, quizá la figura más carismática de esta dinastía, que la había comprado a Alonso de Ledesma y Francisco Muñoz a finales del siglo XVI[7]. De la importancia y de la privilegiada situación de este conjunto urbano da cuenta la mención a un «vergel», es decir jardín, componente vegetal y recreativo que en la época empezaba a ser común en las casas bejaranas orientadas al sur. Un siglo después la propiedad de los tres inmuebles ya correspondía, como descendiente de la estirpe, a la vizcondesa de Huerta doña Teresa de Salvatiera y Moreta. Debido probablemente a que los vizcondes no residían en Béjar la incuria y el paso del tiempo afectaron a los edificios que en 1734 se describen casi en estado de ruina:
tienen tres casas en la calle Mayor, que las dos están al sitio del Solano y la otra en el Balcón […]. La que llaman del Balcón, que está en la misma calle y hace esquina, linda con casas del cabildo eclesiástico de la dicha villa. Como están maltratadas piden a Su Majestad que puedan venderlas […]. Que la casa que llaman del Balcón está peor que las otras y con mucha contingencia de arruinarse y sin servicio alguno si no se hace nueva desde los cimientos[8].
Para solucionar la delicada situación la vizcondesa decide dar a censo las tres viviendas, motivo por el que en el Catastro de Ensenada figuran ella y su marido compartiendo la propiedad con los censatarios[9]. Su consulta nos permite localizar con precisión los tres inmuebles tal y como mostramos en una de las ilustraciones[10].
Además de las casas el mayorazgo contaba en el término de Béjar con dos cortinas en la Solana, en la parte más baja de las Olivillas, más una huerta en la Corredera, no lejos del espacio ocupado hoy por la estación de autobuses[11]. No obstante lo más significativo en fincas rústicas quedaba en los términos de Becedas, San Bartolomé, Medinilla y Santibáñez. Al menos hasta la segunda mitad del siglo XVI Juan Muñoz de Aguilar (uno de los nietos del fundador) disfrutaba de un molino a los pies del río Cuerpo de Hombre, «el primero por cima de Puente Negrilla», es decir aguas arriba del de San Albín, y por lo tanto ocupando con toda probabilidad el actual edificio del Museo Textil[12]. Desconocemos si formó parte de los bienes vinculados y en qué momento pasó a otras manos, pues no hay referencias posteriores a él.
El mayorazgo había llegado a manos de los vizcondes de Huerta tras quedar sin descendientes la rama de los Diego Muñoz de Aguilar y retroceder una vez más a otra línea, en este caso la de la tercera nieta del fundador, Catalina Muñoz de Villaseca. La vizcondesa era descendiente de ella cinco generaciones después. Hoy los herederos de esa estirpe son la familia Plá Linten, muy desvinculados ya de su ascendencia bejarana.
En el próximo y último capitulo trataremos de los clérigos con los que contó esta estirpe, de sus capillas y fundaciones; tal vez lo más simbólico y duradero del patrimonio legado.
Continuará
[1] Archivo de la Real Chancillería de Valladolid (ARCHV), Registro de Ejecutorias, Caja 3159,55, f. 18.
[2] Archivo Histórico Provincial de Salamanca (AHPSA), Protocolo Notarial 964, f. 103.
[3] Ibidem, f. 103v.
[4] ARCHV, Ejecutorias Caja 1454-18. En este documento se menciona el corral de Antonia de Velázquez como lindante «con el muro y cerca de la dicha villa de Béjar y con el vergel de Diego de Aguilar».
[5] Don Juan Muñoz denominaba a este lugar El Cortinal, localizando en él la casa de don Yagüe el Apotecario, protagonista de una de sus Narraciones Medievales. En el texto de este relato describe un recorrido, hoy imposible, para atravesar Béjar de sur a norte: «por donde hoy cruza el camino de las Olivillas, se subía en aquellos tiempos por una callejuela, de la cual es aún parte el peor tramo de la calleja Mala; trepaba por las tremendas quebradas del suelo y, zigzagueando por la rampa que hoy se llama del Balcón de la Médica, alcanzaba la cima del alto del Cortinal, y desde él descendía todo lo que baja la calle de las Parrillas hasta la Alameda». MUÑOZ GARCÍA, Juan. Don Yagúe el Apotecario (Narraciones Medievales). Prensa Española. Madrid, 1945, pp. 99 y 100.
[6] AHPSA, P.N. 833, f. 11. Catalina decía haber reedificado alguna de esas viviendas y puesto en ella sus armas.
[7] Ibidem, P.N. 698, f. 505. Testamento del licenciado don Antonio Muñoz de Sotomayor. Año 1602. Don Antonio contaba con otras dos casas, una en la calle Mansilla y otra en la calle Alojería.
[8] Ibidem, P.N. 771, f. 2.
[9] Recordemos que el censo enfitéutico consistía en la venta por parte de un propietario (el censualista) del dominio útil de un inmueble a otra persona (el censatario) a cambio de una renta anual, reservándose el primero el dominio real de la finca.
[10] AHPSA. Catastro de Ensenada, seglar tomo I, f.450, y tomo III, ff. 1705 y 2127.
[11] Ibidem, tomo IV, f. 3274.
[12] Archivo Parroquial de Santa María (APSA). Legajo de la Reducción parroquial. Año 1568.





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