Amigos de Béjar y sus historias

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02 octubre 2026

Apuntes sobre la actividad pública de la familia Sánchez de Castro a través de la prensa (4ª Parte y final)

   Autor: Anselmo Rosales Montero    

         Francisco Sánchez de Castro

Profesor, poeta y hombre de letras

«Era un orador dueño de todos los secretos de la oratoria; tribuno arrebatador por la fuerza y fogosidad de la palabra, expositor admirable por la claridad y sobriedad del discurso, discutidor irresistible por el nervio y la lógica de la argumentación». Así lo definía La Fe de Madrid el 20 de diciembre de 1889, cuando la noticia de su muerte acababa de extenderse por los periódicos de España.

Francisco Sánchez de Castro nació en Fuentes de Béjar en 1847 y murió en Madrid el 19 de diciembre de 1889, cuando apenas había cumplido los cuarenta y dos años. La partida parroquial, escrita por el párroco D. Bernabé Blázquez, lo nombra «Francisco María Sánchez de Castro» y fija su nacimiento en los primeros días de abril de 1848.

 

Entre los hermanos Sánchez de Castro fue el que dejó una huella más nítida en el mundo de las letras. La prensa conservadora lo celebró como poeta y dramaturgo; la liberal, aun discrepando de sus ideas, raramente negó su talento. Había en él una combinación poco frecuente de serenidad personal, fervor religioso y disciplina intelectual. No buscó el estruendo político; prefirió el aula, el periódico, la tribuna y el escenario. Tal vez por eso, cuando murió, los elogios fueron tan numerosos y sentidos. Parecían despedir no solo a un escritor, sino a una presencia cordial y respetada.

Sus primeros estudios transcurrieron entre Béjar y Salamanca. En la universidad salmantina obtuvo el bachillerato con brillantez y se adentró después en la Filosofía y las Letras. La carrera académica se abrió pronto ante él: ganó por oposición la cátedra de Literatura de Salamanca y, ya en Madrid, obtuvo la de Literatura y Bibliografía Jurídicas en la Universidad Central. Más tarde enseñaría Literatura General y Española, disciplina que impartió con la pasión del lector que todavía se asombra ante los libros.

La documentación periodística deja entrever una nota íntima y dolorosa: tuvo un hijo que debió morir siendo niño. La noticia aparece apenas insinuada en las esquelas familiares, como ocurre tantas veces con las pérdidas que una familia prefiere guardar en silencio.


 

Un católico en la vida pública

Sánchez de Castro perteneció a esa generación de intelectuales católicos que intentó intervenir en la vida pública sin renunciar a sus convicciones religiosas. Participó en la Juventud Católica, formó parte de la Academia de Madrid durante más de diez años y se acercó a Alejandro Pidal y Mon y a la Unión Católica, empeñada en buscar un difícil entendimiento entre el catolicismo y el sistema liberal.

Su prestigio intelectual fue considerable, pero nunca llegó a ocupar un escaño parlamentario. Un contemporáneo observó con amarga ironía que, en un país donde cualquiera podía ser diputado, un hombre de su talento murió sin haberlo sido nunca. Quizá la política le interesaba menos que las ideas; quizá la muerte se adelantó a cualquier ambición pública.

El periodismo fue otra de sus patrias. Colaboró en La Ilustración Católica, escribió para El Fomento Literario y dirigió durante un tiempo El Pensamiento Español. Desde esas páginas defendió una concepción cristiana de la cultura y del arte. Incluso Clarín, siempre dispuesto al aguijón satírico, lo tuvo presente en sus columnas, señal inequívoca de que su nombre circulaba con fuerza por el Madrid literario.


 

La literatura como misión

La obra de Francisco Sánchez de Castro se reparte entre la poesía, el teatro, el ensayo y el discurso académico. Publicó dramas históricos como Hermenegildo y Theudis, piezas de asunto contemporáneo como El fruto vedado, poemas patrióticos y religiosos, estudios de bibliografía jurídica y unas extensas Lecciones de literatura general y española. Su producción no fue inmensa, pero sí variada y sostenida.

Detrás de esa diversidad había una idea unitaria de la literatura. En un largo artículo publicado en La Ilustración Católica en 1885 sostuvo que la crisis del arte moderno nacía del materialismo y de la pérdida de ideales espirituales. Veía la poesía enmudecida, el teatro entregado al escándalo y la crítica sometida a intereses políticos. El arte, pensaba, no podía sobrevivir mucho tiempo separado de la verdad moral.

Esa convicción aparece formulada con claridad en las notas que acompañaban a sus poemas: la misión del escritor consistía en «enaltecer la idea de Dios, de la patria, de la libertad y de la familia» e infundir en los hombres el sentido del deber, del sacrificio y de la virtud. Para él, la literatura era una forma de magisterio.


        Su poema La Iglesia católica obtuvo el premio convocado por la Academia de la Juventud Católica de Madrid con motivo del Concilio Vaticano I. La Oda a la Inmaculada Concepción y otras composiciones de tono semejante anuncian ya el aliento solemne de Cántico al hombre. La crítica posterior juzgó este último poema excesivamente grandilocuente, pero incluso sus detractores reconocieron la amplitud de su ambición moral y religiosa.

Ningún texto revela mejor su sensibilidad literaria que el discurso dedicado a Calderón de la Barca, leído en la Universidad de Salamanca en 1881. Allí evocó con emoción la ciudad de sus estudios, las amistades juveniles y la memoria de su padre. Confesó que veneraba a Calderón «con veneración que raya en culto» y vio en él la culminación del teatro español.

Frente al mundo azaroso de Lope de Vega, admiraba en Calderón el orden moral del universo: el crimen seguido del castigo, la vida iluminada por la Providencia, el honor ennoblecido por la fe. Su lectura era apasionadamente religiosa y patriótica; quizá por ello resulta hoy más reveladora de su propio espíritu que del dramaturgo barroco.

El teatro y el sueño de la España heroica

Sus dramas históricos se mueven entre la religión, la monarquía y la idea de España. Espadas, reconocimientos inesperados, juramentos, finales solemnes y largos parlamentos en verso forman parte de una estética heredera del romanticismo tardío y del Calderón más tradicionalista. Obras como Theudis o Hermenegildo encontraron un público dispuesto a dejarse llevar por esa evocación de una España heroica y cristiana.

        En Theudis, estrenada en el Teatro Español en 1878 por Rafael Calvo, la lucha verdadera no es política, sino moral: la libertad humana frente al fatalismo. En El fruto vedado, una alta comedia ambientada en la costa guipuzcoana, el conflicto amoroso se resuelve mediante una elección ética. Incluso cuando aborda pasiones íntimas, el autor termina conduciendo la acción hacia una afirmación del libre albedrío y de la responsabilidad moral.

        Clarín ridiculizó aquellos dramas por su escaso rigor histórico y por su tono sermoneador. Sus sátiras fueron feroces, pero también prueban que las obras de Sánchez de Castro habían alcanzado suficiente notoriedad como para merecer la atención del crítico más temido de su tiempo[1].

 

Abanico firmado por distintos escritores del Museo del Romanticismo de Madrid. 

Imagen sacada de aquí

 

Un poeta en un abanico

Hay un detalle mínimo que humaniza al profesor solemne y al dramaturgo de altos asuntos. En el Museo del Romanticismo de Madrid se conserva un abanico pericón autógrafo en el que varios escritores dejaron versos manuscritos. Entre ellos figuran los de Francisco Sánchez de Castro:

Auras de dicha y gloria / lleva a su rostro / para que nunca lloren / sus dulces ojos;

que fuera yerro / consentir ver nublados / tan claros cielos[2].

En medio de dedicatorias galantes y juegos de salón, estos versos poseen una delicadeza contenida, casi doméstica, que deja asomar al hombre detrás del orador.

La muerte y la memoria

El 20 de diciembre de 1889 El Estandarte anunció escuetamente su fallecimiento. Había muerto de pulmonía en su casa de la calle Caballero de Gracia. El cadáver fue amortajado con hábito franciscano y acompañado por un cortejo multitudinario hasta el cementerio de San Lorenzo. Más de treinta periódicos, de ideologías muy distintas, publicaron noticias, necrológicas o semblanzas.

Las palabras de La Restauración condensan el retrato que sus contemporáneos quisieron conservar: «Catedrático de la Universidad Central, tribuno católico, poeta, dramaturgo, periodista incansable y cristiano ejemplar» Y el periódico concluía con una pregunta que resume el tono casi devocional de aquellas despedidas: «¿Por qué llorar, si vivió como bueno y murió como santo?».

Quizá esa sea la clave de su memoria. No fue un revolucionario de las letras ni un fundador de escuela. Fue, más bien, el último representante de una tradición intelectual que creyó posible unir fe, patria y literatura en una misma vocación. Su obra pertenece a un mundo ideológico ya desaparecido, pero su figura conserva todavía el atractivo melancólico de los escritores que hicieron de la palabra una forma de servicio y de esperanza.

Conclusiones

La familia Sánchez de Castro constituye un ejemplo significativo de la proyección pública alcanzada por determinadas familias de origen bejarano durante la segunda mitad del siglo XIX y el primer tercio del XX. Sus miembros destacaron en ámbitos diversos —la Iglesia, la universidad, la medicina, el derecho, la política y la literatura— y compartieron una marcada orientación católica y tradicionalista, así como una intensa relación con la prensa de su tiempo. El estudio de su trayectoria permite comprender mejor las redes intelectuales y políticas del catolicismo español de la Restauración y rescatar del olvido a una familia que tuvo una presencia relevante en la vida pública de su época.

Bibliografía

Los libros y periódicos consultados han sido numerosos y resultaría tediosa la relación completa. Hago un breve resumen:

-Consulta de los libros, discursos y poemas de los componentes de la familia Sánchez de Castro.

-Consulta Historias de la Literatura (Blanco García, Francisco; Cejador y Frauca, Julio; Salcedo y Ruiz, Ángel).

Libros:

- Alas, Leopoldo. Solos de Clarín. Con prólogo de José Echegaray.

-Archivo parroquial de Valverde de Valdelacasa. Libro de Bautismos, n.º 7.

-Arenal, Concepción. La Beneficencia, la Filantropía y la Caridad.

-Catedráticos de Humanidades, UC3M. Catedráticos de Humanidades, UC3M.

-Díez Llama, Santiago. La situación socioreligiosa de Santander y el obispo Sánchez de Castro, 1884-1920. Institución Cultural de Cantabria. Diputación Provincial de Santander, 1971.

-Gómez Blázquez, Jesús. El clero y los clérigos en la historia de Becedas. Breve biografía del ilustre D. Crisanto Rodríguez Sánchez-Casanueva (Becedas, 1842-1916), 2022. Dialnet.

 -La Restauración: revista política independiente y La Cruz, 1890.

-Martín Martín, Sebastián (2021). Sánchez de Castro, Manuel. Diccionario de Catedráticos españoles de Derecho (1847-1984). 

    -MCN Biografías (2025). Francisco Sánchez de Castro (1847-1889). El escritor español que destacó en la poesía, el teatro y la crítica literaria. MCN Biografías.

    -Villaseñor Rodríguez, Isabel. «La cátedra de bibliografía jurídica de la Universidad Central de Madrid (1883-1936)». Revista General de Información y Documentación, ISSN-e 1988-2858, ISSN 1132-1873, vol. 16, n.º 2, 2006, págs. 65-91.

Y más de treinta periódicos de la época.



[1] El drama es histórico, lo cual se conoce en que los actores andan vestidos como Dios les da a entender. Theudis luce un vistoso traje de balcón de aldea en un día de procesión […]. El autor no dice, ni dónde sucede todo aquello (y hace bien, porque no lo sabe, y nunca se debe mentir), ni qué clase de costumbres existían entre aquellos señores visigodos, ni cosa alguna que se pueda parecer a lo que la crítica tiene derecho a exigir de un drama histórico en «Solos de Clarín» (1881).

[2] Transcrito por los trabajadores del Museo Romántico de Madrid.

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