Autor: Agustín García Gómez
Y las casas arruinadas en la Villa Vieja
Al carecer de fecha el informe Jovin, otros autores lo han datado en 1720, pero puede que sea incluso algo anterior. Hemos encontrado una signatura en el Archivo Ducal de Béjar con documentación que consideramos «derivada» del informe, y que nos cuenta con más detalle la existencia del problema del arruinamiento de la Villa Vieja y las soluciones ideadas por el duque don Juan Manuel en su decreto de 1715[1], que resultan similares a las recomendadas por el abate Jovin.
Aunque la redacción es muy enrevesada, podemos leer lo siguiente (con el título añadido de mano de Tapia Osorio:
“Reedificación de casas de la Villa Vieja cediendo para ello, el Duque las alcabalas que adeuden sus vecinos.
Madrid Abril 9 del 1715
Respecto de que la conservación de los Pueblos consiste principalísimamente en el reparo y conservación de las casas, no solo por ser habitación de los vecinos, sino porque sirven de adorno a los mismos lugares. Y habiendo visto yo, y después sabido, que muchas de las casas de la Parroquia de Santa María de mi villa de Béjar están arruinadas unas y amenazando lo mismo otras a causa de la pobreza de los vecinos de que se compone el tal barrio, originada (por) de la injuria de los tiempos y la falta de frutos siquiera, (ha) experimentado de algunos años a esta parte. Deseando yo, (con) ocurrir al reparo de tan grandes inconvenientes, he resuelto contribuir por mi parte con los medios que hoy me son posibles, consignando para este fin lo que produjeren las alcabalas que me pertenecen y deben pagarme los vecinos del dicho barrio llamado Villa Vieja y que se causaren desde el día de San Juan de Junio próximo que viene de este año, siendo de la obligación de mi tesorero y del Ministro de Rentas, afrontar la cantidad que sumare la copia de las tales alcabalas, luego que se cobre para ponerlas, como les mando, la pongan en poder de mi contador don Miguel de Béjar Centeno, a quien […] su distribución a este fin, ordenándole, como por el presente le ordeno, que habiendo junta cantidad proporcionada para el reparo de alguna de las tales casas, y ponga por ejecución hacerlo luego y empezando por las que más lo necesiten: Sobre que le doy toda la facultad y comisión que se requiere con la prevención de irme dando cuenta de todo lo que obrase y detenerla por menor […] claridad de los gastos que hiciere. Y declaro que las dichas alcabalas han ser en todos sus ramos, la que causaren los tales vecinos de la Villa Vieja. Firmado: El Duque.
Al margen inicial, de la mano de Tapia Osorio: Las alcabalas de todos (los) ramos que produjeren los parroquianos de Sta. M.ª, sirvan para la reedificación de las casas mal paradas de sus vecinos que más lo necesiten.
Al reverso: Decreto del Duque, mi señor, de 9 de abril de 1715. Sobre redificar y levantar las casas caídas de las tres parroquias […] por cuenta de su excelencia” (página 40 de la signatura).
Como en otras muchas signaturas, también en esta contamos con su Hoja de Catalogación de mano del mismo contador archivero, José de Tapia Osorio, quien la escribió años más tarde a modo de resumen y explicación de todos los documentos contenidos en la misma[2]. Recomendamos la lectura detenida del contenido de este documento para lograr conocer lo que estamos comentando:
“nº 79 Béjar. Leg. 2º Barquillo. Reedificación de casas arruinadas en Béjar. Conocimiento para ello del Corregidor y Procurador.
Copia dada por Antonio Sánchez de la Gallega, notario de Béjar en 28 de marzo de 1719, de los Autos obrados en esta villa dicho año ante don Joseph Alonso Chacón, corregidor, y por ante Tomás de Silva, escribano, para que los interesados reparasen las casas que amenazaban ruina para evitar los peligros que pudieran resultar o hiciesen dejación de ellas y que otros las reedificasen a su costa, y siendo pertenecientes a Capellanías, Memorias para Cofradías, Iglesia o Comunidad, o sobre ellas estuviese impuesto algún censo u otro gravamen, se tuviese por extinguido, sin acción o derecho para pedir en tiempo alguno lo que fuese, privándole enteramente de él. Sobre que se despachó requisitoria citatoria al doctor don Juan Ovejero de San Martín, Provincial de Plasencia, que obligase a los sacerdotes y personas eclesiásticas de su jurisdicción. Y este dio comisión al vicario de Béjar para que oyese las partes. Los Procuradores de la Villa pidieron lo conveniente. Y solo se pidió contra don Francisco Pizarro, (¿Procurador?) de Menores Órdenes, Beneficiado de Santo Domingo, que poseía una casa al sitio del Collado, haciéndose tema y nada se adelantó ni se obligó a otro de los muchos que tenían casas arruinadas, cerradas por inhabitables o enteramente desoladas, cesando enteramente toda providencia.
En el año del 1726, con noticia que se dio al Sr. Duque Don Juan Manuel 2º de haberse caído algunas casas en la Villa Vieja o colación de Santa María, mandó se reedificasen a la Contaduría; se hizo reconocimiento, se puso lista y dio algunas limosnas a los dueños para ayuda de los gastos, y muchas se compusieron.
En el año del 1732, interesado S.E. de que se iban desolando en la misma Parroquia muchas casas y lo apetecían los dueños para hacer parrales dentro del pueblo, y mandó se evitase por los Jueces, como antes lo tenía ordenado, se hicieron autos por el Corregidor don Cristóbal de Posadas Macacho y por ante Tomás de Silva, escribano del Ayuntamiento, reconociendo que desde el año del 1710 hasta el de 1732 se habían dejado asolar 72 casas en solo la Villa Vieja, pero se volvió a quedar parado.
El año del 1628 hubo un incendio grande el día 17 de enero, celebrándose la fiesta de San Antonio Abad en la Iglesia de San Pedro, y se abrasaron en la Villa Vieja 142 casas, que las más están hechas parrales”[3].
Nos habla de «los parrales»: Ya hemos contado en varias ocasiones la existencia de estos huertos o cortinas[4] (o «cortinales», como nombre más usual) dentro del recinto amurallado y también en los extramuros, en aterrazamientos que aún se conservan ocultos bajo la vegetación invasiva en sus dos solanas: la solana del río (lo que siempre hemos conocido como Las Lanchillas, desde la actual Glorieta hasta las Solanillas y Picozos) y en la solana de la villa (hacia el Valle de las Huertas), en lo que hoy es la parte final de la calle Olivillas hasta la Puerta del Pico. Estaban destinados, principalmente, al cultivo de la vid, así como al de otras hortalizas, verduras, legumbres, etc., para el consumo humano. Era tal la importancia que tenía el cultivo de la vid para la elaboración del vino que contaba con un capítulo propio en las primeras Ordenanzas Bejaranas de 1577, en las cuales ya se regulaba la vendimia, su elaboración y su consumo.
Según el Catastro de Ensenada de 1753, la mayor parte de las viviendas contaba con el llamado «parral» (o varios) como anexo. Hoy en día, muchos están reconvertidos en pequeños jardines domésticos y otros han sido recuperados en su antigua función de huertos de autocultivo. Incluso las casas más pudientes disponían de bodegas con cántaros y tinajas para el vino, el cual se entiende que era de elaboración y de consumo propios.
Y aunque no cita el vino de forma expresa, nosotros sí recordamos aquí que este vino bejarano tenía nombre propio o, como se diría hoy, «denominación de origen»: era conocido como «aloque», término que aún se recuerda. Se trataba de un vino de baja condición por la escasa calidad del terreno de cultivo –lo que hacía que aumentara el consumo necesario para «alocarse»–, aunque gentes más cultas consideran esta palabra como derivada del árabe-mozárabe «al-halúqi» o color tinto claro, resultado de la mezcla del vino tinto y el blanco una vez ya están elaborados. Su cultivo y elaboración dejaron de ser representativos en el siglo XIX y están hoy prácticamente desaparecidos.
A propósito de etimología, ahí va otra: la orografía de Béjar presenta dos profundos barrancos o tajos en sus laderas norte (la del río) y sur (la de las huertas). Al respecto, es necesario destacar la palabra del árabe-mozárabe «Wiyār», con significado de «talud», «tajo», «barranco» o «rambla», con una posible evolución al castellano de «Wiyār → Bijar → Béiar → Béjar», lo que plantea el posible origen desconocido de nuestro nombre, Cabe señalar cómo los topónimos geográficos suelen permanecer invariables en el tiempo a pesar de los vaivenes de la historia[5].
Y sobre «las casas arruinadas»: ocurría que muchos vecinos más o menos pudientes, a la hora de su muerte, dejaban en su testamento todas o parte de sus propiedades (tanto urbanas como rústicas) en beneficio temporal o a perpetuidad de capellanías, memorias pías, iglesias, cofradías y hospitales. En el caso de las casas o viviendas testadas, debido a la falta de su adecuado mantenimiento –que resultaba más oneroso que el provecho obtenido de las rentas–, al cabo de los años se dejaban de usar. Quedaban así abandonadas a su suerte por parte de los nuevos beneficiados o propietarios y entraban en situación de semirruina o claramente de ruina; por lo que resultaban un claro peligro para el vecindario de la Villa, al convertirse en solares arruinados y vacíos en los que solo sobrevivían, incólumes, las antiguas parras.
El transcurso del tiempo daba lugar a que estos solares y cortinas quedaran convertidos únicamente en un «parral», los cuales, paradójicamente, eran más cotizados que los simples solares urbanos. Esto añadía un aliciente más para su dejación y abandono, algo que al duque le desagradaba por el evidente peligro para los vecinos; le preocupaba como un hecho que deterioraba «su villa» y que afectaba a «su prestigio» en la corte madrileña, según manifiesta en sus cartas a la contaduría bejarana.
Y ello a pesar del empeño del duque don Juan Manuel por evitar esa penosa situación; pues vemos cómo ya en 1715 ordenó a sus refrendarios en Béjar que exigieran a los propietarios de las casas arruinadas en la Villa Vieja –ya fuesen entidades o particulares–, que acometiesen de inmediato las obras de reparación o reconstrucción, o que las dejasen a beneficio de la comunidad, disponiendo pasara ello ayudas económico-fiscales.
El duque llega a plantearse la «expropiación forzosa» de los solares abandonados si los propietarios no hacen nada por ellos, destinando las alcabalas recaudadas en la Villa Vieja a la construcción de casas con obradores para artesanos (tejedores, hilanderas y cardadores), dotadas de oficinas, tiendas y viviendas, y dedicarlas al alquiler: “como las de Francia del pequeño Puerto de San Juan de Luz, que está en las cercanías de Bayona sobre el Océano y dichas casas han de ser todas para artesanos con las oficinas precisas a cada profesión”, y así evitar el asolamiento de la Villa Vieja.
La idea del duque parece buena y beneficiosa para el común de la población y para su prestigio ducal. En primer lugar, para la compra de solares se destinan todas las alcabalas producidas en la colación de Santa María y, una vez construidas a su costa particular, se procedería a su arrendamiento a los artesanos. Por ello, obtendrá a la larga un retorno económico de mayor importe que el coste de su financiación y, sobre todo, espera que con este ejemplo otros propietarios, beneficiarios y artesanos se animen a hacer lo mismo sin exponer su patrimonio personal, logrando así la reconstrucción de la Villa Vieja y del resto de las casas viejas repartidas por la villa.
Pero el plan parece que no sedujo mucho a los propietarios –o al menos lo suficiente para alcanzar su éxito– y, mientras tanto, surgieron los problemas de resistencia a las expropiaciones de los solares. Muchos eran propiedad de la iglesia o del obispado (¡…topó con la iglesia!) y los pleitos surgidos parece que se eternizaban, por lo que al final este plan fracasó y las casas siguieron cayéndose.
Este empeño se repitió en 1726 y 1732 con el mismo resultado negativo. El contador archivero Tapia Osorio escribe que se habían dejado asolar setenta y dos casas solo en la Villa Vieja entre 1710 y 1732. Si nos paramos a analizar estas cifras, resultan excesivas para lo que era la villa de Béjar en esos años del siglo XVIII.
Continuará
[1] AHNOB. OSUNA,C.258,D.85-89. “Documentación relativa al proceso judicial que se inició en Béjar para reedificar unas casas que estaban arruinadas, ya que pertenecían a capellanías, memorias pías, iglesias o cofradías, y podían quedar extinguidos los censos o gravámenes que tuviesen impuestos”, del año 1710–1726.
[2] El Contador Mayor José de Tapia Osorio recibió personalmente del duque Joaquín Diego López de Zúñiga Sotomayor, XII duque de Béjar, en 1751, en la única visita que realizó su Villa de Béjar, la orden de catalogar y ordenar el ADBéjar, del cual fue único responsable hasta después de la muerte de este duque en 1777, cuando los nuevos duques de Béjar, los Téllez-Girón, ordenaron el traslado del archivo bejarano a su residencia de Madrid.
[3] AHNOB. OSUNA C.246,D,74: “En el día del 17 de enero de 1638, hay noticia de un gran fuego que consumió muchas casas de la Villa Vieja. En otro semejante, en otro incendio, perecieron 28 casas en la Calle de Santiago que va a la Muralla y todo se tendría presente y serviría de estímulo para este Voto”, de 1641.
[4] Según la RAE, «cortina»: pedazo de tierra cercado, inmediato a un pueblo o casas de campo, que ordinariamente se siembra todos los años. De ahí: «cortinal».
[5] O, al menos, así está recogido para varios topónimos «Béjar» existentes en la Región de Murcia (Campo de Béjar en Moratalla, rambla de Béjar y la pedanía de Béjar en Lorca, entre otros), todos con barrancos o ramblas próximos, según la tesis doctoral El árabe en la toponimia murciana, de Consuelo Vª Hernández Carrasco, doctora en Filología Románica. Universidad de Murcia, 1976, pág. 66.
[6] AHNOB. OSUNA,C.262,D.90-102. “Relaciones que hizo José de Tapia Osorio, administrador de las rentas del Hospital de San Gil de Béjar, de las propiedades, censos, rentas y demás hacienda que pertenecen a dicho hospital y las cargas y situados impuestos sobre ellas”, de 18 de enero de 1752.


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