Autora: Carmen Cascón Matas
Al
año 1812 los españoles lo bautizaron como el “año del hambre”, pues la guerra
no acababa, había escasez de mano de obra, los campos estaban arrasados y los
productos de primera necesidad brillaban por su ausencia. Patriotas e invasores,
en la ciudad y en el campo, sufrían la penuria. De esto ya hace 200 años y la
Guerra de Independencia, una guerra civil de las muchas que sufrió España a lo
largo de su historia, aunque para la colectividad sólo exista una merecedora de
tal denominación, se encontraba en su apogeo. Napoleón había fijado sus ojos en
la península y, codicioso, hacía años que había invadido con sus tropas de
forma “legal”, con permiso de la monarquía española, el territorio. Aunque el
destronado Fernando VII desde Bayona, y por medio de la Junta de Gobierno,
instaba a la calma, el pueblo español nunca aceptó esta situación. Resultábales
doloroso observar cómo los franceses campaban a sus anchas con la
condescendencia de sus ejércitos y con el rey preso en Francia. La mecha se
encendió el 2 de Mayo de 1808, cuando el pueblo de Madrid se levantó en armas en
una resistencia que se extendió como un reguero de pólvora por toda la
península, surgiendo Juntas Militares a nivel local y provincial con la misión
de dirigir la lucha contra el invasor. De entre los integrantes de las Juntas
Militares provinciales se nombraron a los de la Junta Central, primer ejemplo
éste de representatividad nacional, idea que cuajará en las Cortes de Cádiz y en
la Constitución Liberal Española de 1812.
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| La promulgación de la Constitución de 1812, obra de Salvador Viniegra |





