Autora: Carmen Cascón Matas
Y, ¿por qué no? A veces
los sueños se hacen realidad, a veces, sólo a veces. El espíritu guardado desde
la infancia en el baúl de las esperanzas surge un día de pronto y los cuentos
de caballeros y espadas con los que nos inspirábamos durante nuestros juegos
resurge y nos hacemos partícipes de las leyendas y de la propia Historia.
La semana pasada tuve la oportunidad de visitar el castillo de Puente del Congosto (Salamanca), maciza fortaleza recortada en un horizonte que recordaba haber visto de niña mientras me sumergía en las aguas frías del río o al pasar junto a la carretera camino de Madrid o Piedrahíta. Nada más llegar aprecié su solidez, su planta alzada hacia el cielo, con un aire a las graves murallas de Ávila. Parecía que uno de los berroqueños torreones de la ciudad de Santa Teresa había sido desmontado piedra a piedra y vuelto a rehacer en esta localidad salmantina. El acceso, situado a la espalda de la fortificación, no permitía vislumbrar su cara más imponente, aquella que se asoma sobre el salmantino río Tormes, vigía incesante del paso secular de los hombres sobre el puente.


