Amigos de Béjar y sus historias

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11/28/2025

El paisaje bejarano en forma de versos: algunos ejemplos

 Autor: Iván Parro Fernández

        Otoño es una estación en la que cambia el cromatismo de muchos lugares y de muchos paisajes. Empiezan a predominar los amarillos, los marrones, los ocres y tonos derivados. Caen las hojas, vienen las lluvias, empieza el frío y se cosechan o se recogen algunos alimentos. El otoño también sirve de inspiración, de motivación y de exaltación a artistas y almas en búsqueda. El otoño nos ofrece mucho y muy variado para todos los gustos. En nuestra zona bejarana llega la fecha de los calbotes, en la que se asan castañas al fuego que calienta y reconforta espíritus y cuerpos. En otros lugares celebran la vendimia por ejemplo con todo lo que ello supone y significa.


         En esta colaboración quisiera compartir algunas de las visiones que tienen varios poetas sobre el paisaje bejarano, no tanto sobre la sierra (de la que hablaremos mejor en invierno), sino del bello contexto natural en el que los bejaranos y bejaranas tenemos la suerte de poder vivir, pasear, festejar y celebrar durante todo el año. Contamos con una geografía singular que ha inspirado y sigue inspirando a muchos escritores y artistas. Un ejemplo de esto lo encontramos en el poema titulado “Mi pueblo” de Juan Belén Cela Martín, en el que describe a Béjar sirviéndose de las siguientes metáforas: “(…) es un gigante rasgando los vientos/ sobre el alto puente de un barco de piedras…”. O más adelante: “(…) es un nacimiento/ lleno de arroyuelos de papel de plata/ de montes pintados de verde y de blanco/ y de azul, y de rojo las casas”. Cela en este caso se fija sobre todo en el ambiente natural bejarano para describir y compartir su visión de la ciudad.

11/21/2025

La propiedad de las aguas (y sus truchas) en la villa de Béjar (2ª parte y final)

 Autor: Agustín García Gómez

A primeros del año 1725, el duque don Juan Manuel recuerda sus dos decretos anteriores, en los que quedan establecidos los tiempos y límites de caza y pesca[1]. Sepamos lo que ordenó: 

 

“Madrid y enero 10 de 1725. Por cuanto por dos decretos, sus fechas de ocho de junio del año pasado de mil setecientos y dieciocho y seis de junio de mil setecientos veinticuatro, tengo cometida la guarda y custodia de los cotos y montes que tengo en mi villa de Béjar y lugares de su tierra, y en el rio Cuerpo de Hombre de ella el vedado por lo que mira a la pesca de truchas que cría, a don Pedro Manuel de Tortoles Orantes, Alférez Mayor de la referida villa y tierra, y en su mejor observancia se han ofrecido algunos reparos y representándome que convendrá recurrir a ellos, he resuelto que dejando en su fuerza y vigor, los dos referidos decretos en todo lo demás que contienen, se entienda que por lo que mira a caza mayor y menor no pueda hacerse en los tiempos prohibidos que son desde primero de marzo hasta primero de agosto, con pájaros, ni con escopetas en aquellos sitios que están mandados guardar y que en cuanto a la caza mayor, como son jabalíes, venados y corzas en ningún tiempo en los mencionados sitios del monte de Villa y Tierra. Pero que en los otros sitios, que no son vedados, puedan cazar con escopeta, así los que lo hacen por diversión como los cazadores que viven de ellos, pero nunca con pájaros. Y en cuanto al vedado del rio, declaro se entienda desde el sitio de la Heredad que llaman Los Picozos, hasta el puente de la Corredera y no más, en cuya conformidad mando se ejecute y haga observar y guardar el referido don Pedro de Orantes debajo de las condiciones y penas que contienen los dos referidos decretos pues en cuando a ello los dejo en su fuerza y vigor, Y mando se haga saber al Consistorio de dicha mi villa de Béjar y a los sesmeros y procuradores de su tierra, para que los tengan entendido y pongan copiado este mi decreto en el libro de acuerdos del consistorio que así es mi voluntad”.

 Pero el problema de la pesca no se restringía solo a los vecinos de Tornavacas. Por otro legajo vemos como el problema también existía río abajo con los vecinos de Montemayor, villa que tampoco pertenecía a la Tierra de Béjar sino al marquesado de Montemayor.

Río Cuerpo de Hombre a su paso por Montemayor del Río

 

El legajo no tiene hoja de catalogación, pero transcribimos la carta que José García Lerma, el administrador de las rentas de Fernando de Baeza, V marqués de Castromonte y señor de Montemayor del Río, envía en contestación de otra anterior de los contadores de Béjar[2]:

Muy Sres. míos y de mayor consideración: Luego que recibí la favorecida de V. Ms. di orden a los pescadores para que con la mayor diligencia y brevedad remitiesen a poder de V. Ms. todas las truchas que pescasen y pueden V. Ms. estar satisfechos de que todas las que se logren a excepción de tal cual libra que necesite yo para el Hermano de Coria, servirán para que V. Ms. logren satisfacer el mandado de S. E. en cuyo desempeño me muestro muy interesado por muchos motivos. V. Ms. vean si puedo servirles en otra cosa de mayor monta para ejercitar mi obediencia. Nuestro Señor guarde a V. Ms. muchos años como deseo. Montemayor y julio 18 de 1752. Su más seguro servidor. Don José García Lerma”.

Según lo que se desprende, los pescadores montemayorinos subían hasta Navarredonda y Los Picozos, bajo la jurisdicción de la villa de Béjar, a pescar las tan apreciadas truchas ducales. También se advierte un cierto grado de sorna o ironía por parte de firmante con lo de: …cosa de mayor monta…”, que no hay que dejarlo aparte.

11/14/2025

La propiedad de las aguas (y sus truchas) en la villa de Béjar (1ª parte)

 Autor: Agustín García Gómez

Dedicado a Jesús José de la Gándara Martín, tornavaqueño de pro, pero también bejaranizado, como muchos otros quienes sin haber nacido en Béjar nos consideramos bejaranos. Será por aquello de que los bejaranos “nacemos donde queremos” o por lo otro de que “uno es de donde hace el bachillerato”, como decía Max Aub.

      En esta entrega seguimos mostrando cosas que, al parecer del que esto escribe, resultan lo suficientemente interesantes como para investigar sobre ellas y exponerlas al conocimiento bejarano. Como siempre es necesario exponer el contexto histórico para comprender los hechos que se pretenden relatar.

 Donde nace el río Cuerpo de Hombre. Foto Béjar.biz.

        Los señores duques de nuestra ciudad, los Zúñiga, la habían recibido del rey Enrique III (el Doliente) en 1396 en trueque de la burgalesa villa de Frías, de la que eran señorescomo de sobra es conocido, y en esa fecha es en la que hay que ponerse para entender que la cúspide de aquella sociedad estaba ocupada por el rey como monarca y por lo tanto dueño y señor de todo lo habido y por haber y muy libre de dar y vender o cambiar sus derechos y mercedes y también quitarlos como y a quien quisiere. Para eso era el rey, claro.

11/07/2025

Convento de la Piedad. De maitines a vísperas (4ª Parte y final)

Autor: Óscar Rivadeneyra Prito

Publicado: Béjar en Madrid.  

        El proceso de desamortización de bienes eclesiales formó parte de las medidas de política liberal llevadas a cabo durante el reinado de Isabel II. Estas supusieron el cambio de manos de un sinfín de propiedades rústicas que habían engrosado durante siglos el patrimonio de la Iglesia. El estado decidió expropiar esas tierras e inmuebles, mayormente abandonados y sin uso, y sacarlos a subasta con el objeto de lograr que los nuevos dueños los labraran y revivificaran. Por distintos razonamientos en los que no nos extenderemos los historiadores han concluido en que las pretensiones buscadas por Mendizábal, promotor de la desamortización, no solo no se lograron sino que el efecto final resultó perjudicial para la economía española. Además de las tierras entraron en los lotes de subastas, innumerables conventos, abadías, monasterios, etc. cuya decadencia se venía poniendo de manifiesto desde hacía años y la desamortización terminaría por condenar a la ruina o a su definitiva desaparición.

 


Julián Yagüe. Foto sacada del blog Los Abdones. 

         Los tres conventos de Béjar fueron abandonados por los religiosos y salieron a subasta a partir del año 1836. La naturaleza de las familias que los adquirieron difiere bastante de la de los que compraron los lotes del monte Castañar años después, en la desamortización de los llamados bienes comunes. Los adquirientes de los conventos fueron individuos cuyas actividades económicas estaban vinculadas directamente con la industria textil y guardaban entre ellos algún grado de parentesco. El de San Francisco y el de la Anunciación fueron adquiridos por Anselmo Olleros Pérez y Juan Sánchez de Adrián[1], mientras que el del Piedad lo fue por parte de Julián Yagüe[2] pasando, tras su muerte, a sus hijas. En la década de los 70 del siglo XIX figuran como titulares de este convento los cuñados Cipriano Rodríguez-Arias, Nicolás Rodríguez Vidal, Jerónimo Gómez-Rodulfo y José López del Moral, casados con cuatro de las hijas de Yagüe, Manuela, María, Ángela y Rufina respectivamente[3]. En el año 1870 los cuatro fabricantes registran su propiedad para realizar una división cuatripartita por medio de un sorteo, pasando, con el tiempo, la parte de Jerónimo a su hijo Juan Gómez-Rodulfo Yagüe. Cada uno de los propietarios quería definir con exactitud lo que le correspondía con la intención última de construir viviendas[4]

10/31/2025

El convento de la Piedad. De maitines a vísperas (3ª Parte)

Autor: Óscar Rivadeneyra Prieto

Publicado: Semanario Béjar en Madrid 

       La fachada principal del convento, es decir la que miraba al conjunto de la plazuela que lleva su nombre, estaba constituida por una portada clásica compuesta de arco de medio punto enmarcado por pilastras y rematada por una hornacina superior. No diferiría demasiado en aspecto de la que se conserva en la parte más occidental de la fachada del convento de San Francisco. En el muro actual del jardín, lindero con el inicio de la calle Colón, se han conservado distintas piezas decorativas reutilizadas, que bien podrían haber formado parte de esa antigua portada. Se trata de las ménsulas que sostienen el pequeño balcón asomado a esa calle, los dos pétreos fruteros que lo rematan, más una delicada talla de rostro femenino situada sobre el ángulo que traza el muro. Los recientes trabajos de poda y limpieza en el jardín sacaron a la luz esta última pieza que por su disposición podría haber sido igualmente una ménsula.   

El convento de la Piedad se alzaba en el mismo lugar de los edificios que se ven en el centro de la foto. Vista desde el paraje de la Fuente del Lobo. 

      Además de ello la fachada norte constaba de un ventanaje simétrico más un añadido de menor altura que estrechaba el tramo inicial de la calle Colón[1]. Por la parte del mediodía fue creciendo un jardín en el espacio que había sido zona de parrales y viñas (como la denominada Moscatel) que concluía en los adarves de la propia muralla. Estos se abrían a extramuros a través de la denominada puerta de la Solana, identificada hoy por algunos historiadores con el sólido arco enladrillado bajo el que discurre la calleja Ferrer.