Amigos de Béjar y sus historias

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7/29/2013

Los Bolaños: una introducción a la vida, historias y costumbres de las familias hidalgas del Béjar de la Edad Moderna (1ª Parte)





Autora: Mª Carmen Cascón Matas

Publicado: Especial de Béjar en Madrid, diciembre de 2009



            “Soy cofrade de la Vera Cruz, Rosario, Misericordia, San Albín y Santa Lucía”, murmuró el clérigo con voz apenas audible al escribano que se hallaba sentado junto a su lecho de moribundo. Aquel día de septiembre de 1627 uno de los personajes más conocidos de la villa dictaba sus últimas voluntades, siempre pensando en el esplendor de su familia y en su alma. “Quiero que se de a la yglesia deel Salvador los mis candeleros grandes de plata”, escribió apresuradamente al dictado con letra enrevesada sobre el rugoso papel notarial. El rasgar de la pluma y el crepitar de la chimenea (el enfermo declaró tener frío a pesar de que el tiempo aún no había refrescado en demasía) eran los únicos sonidos que rompían el silencio de la caldeada estancia. Los cortinones de terciopelo granate ahogaban los escasos rayos de luz provenientes de la calle Las Armas. Varios velones rodeaban el lecho, preludio de la velación del cadáver, suficientes para escribir al dictado. Una estatua de la Virgen con el Niño en brazos contemplaba la escena con sus ojos de vidrio desde el pequeño oratorio privado. Las sombras se agigantaban o empequeñecían siguiendo el movimiento de las llamas, mientras la cera derretida se escurría a lo largo de los enhiestos velones y el brillo de los numerosos objetos de plata distraía al escribano en sus quehaceres[1].




            El clérigo que exhala su último aliento en la casa de la calle Las Armas se llamaba Antonio de Bolaños y falleció en 1627. Unos años antes, concretamente en la Villa y Corte de Madrid en febrero de 1585, moría Juan de Bolaños, capitán de los Tercios de Flandes. Ambos unidos por la muerte, los siglos, el linaje, el lugar de origen y rescatados del olvido en este artículo, utilizando como principales fuentes documentales el testamento de los dos, escritura postrera y último testimonio de la vida y primero de la muerte. 


7/22/2013

El castillo- palacio de los Zúñiga en Béjar (5ª Parte y final)





Autores: Roberto Domínguez Blanca y Carmen Cascón
Publicado: Revista Cultural de Gibraleón, nº 11 (jun. 2011)


Los moradores del Palacio: la corte ducal, una trasposición de corte real




Según el escritor José Luis Majada Neila la Casa Ducal no era el palacio, ni la familia del Duque, ni su patrimonio, ni el escudo de sus armas, ni la historia de su apellido, sino todo ello más la sociedad doméstica de los múltiples criados reconocidos como tales por el señor, más el cuerpo de abogados y asesores jurídicos que defendían sus intereses [1]. Nos parece esta definición acertada de lo que de facto significaba ese concepto que se utiliza, a veces de manera voluble, para englobar en él todo aquello que hace referencia a los duques en su conjunto. En este apartado del artículo nos gustaría tratar de las personas que conformaban la Casa Ducal al margen de los duques mismos, es decir, de esa legión de criados que defendía los intereses ducales como si fuesen propios y que habitaban durante la mayor parte del año el Palacio Ducal bejarano unidos en una corte que asemejábase, en pequeño, a una corte real [2]. No en vano los señores actuaban como “reyes” en sus propios estados, administrando justicia y recaudando impuestos, prerrogativas adquiridas y fortalecidas a lo largo de la Edad Media, en una situación semejante a la de otros señoríos peninsulares. Las cortes nobiliarias adoptaron la etiqueta borgoñona implantada por la dinastía de los Habsburgo, caracterizada por la complejidad, solemnidad y fastuosidad. Rastreando los archivos de la iglesia de Santa María, parroquia a la que pertenecía el Palacio Ducal, hemos encontrado mencionados personajes aparejados a cargos de esa corte señorial durante los siglos XVI, XVII y XVIII [3]. La nobleza de la Edad Moderna hacían gala de sus riquezas, sus posesiones, mecenazgo, batallas ganadas, honores e insignias, y también  tanto como de los criados que les rodeaban. Así, el número de sirvientes y criados era proporcional a la acumulación de títulos políticos, militares y nobiliarios.




Podemos estructurar a la servidumbre en dos rangos claramente diferenciados. Por un lado, los oficiales con funciones administrativas y, por otro, el servicio doméstico, organizados ambos estratos en una estructura piramidal estricta, teniendo como eje vertebrador y en la cúspide a figura del duque y a su familia. 

7/15/2013

El castillo- palacio de los Zúñiga en Béjar (4ª Parte)




Autores: Roberto Domínguez Blanca y Carmen Cascón
Publicado: Revista Cultural de Gibraleón, nº 11 (jun. 2011)


        Pedro de Marquina también ampliaría la fachada sur del Palacio elevando algún cuerpo sobre el que existía, aunque según Muñoz Domínguez no se terminará del todo en el siglo XVI[1]. Esta fachada muestra en la actualidad cuatro órdenes de vanos, correspondiendo los dos centrales a las plantas más nobles del edificio, por lo que los vanos son más amplios y la iconografía nobiliaria se agrupa a su alrededor. En el piso inferior, los vanos se cubren con cornisa y se alternan rítmicamente con escudos de los Zúñiga; en el superior se ve otra mano, al menos en la labra de los escudos, que ahora están sobre los vanos, alternando los de Zúñiga con los de Sotomayor. Otra diferencia en esta altura es que entre cada vano y su cornisa media una cartela con otra cartela central, grabándose en ésta las letras F, M y A en monograma y bajo corona. Harían mención al duque Francisco III y a su esposa María Andrea de Guzmán, por lo que este cuerpo se habría levantado en algún momento entre 1591 y 1601. Una inscripción más amplia y de difícil comprensión ocupa la cartela del vano más oriental. La fachada palaciega concluye en su lado oeste adosada a restos de la fábrica precedente que conservan algún blasón de los Zúñiga.
 Fachada sur del Palacio


            

7/08/2013

El castillo- palacio de los Zúñiga en Béjar (3ª Parte)



 Autores: Roberto Domínguez Blanca y Carmen Cascón
Publicado: Revista Cultural de Gibraleón, nº 11 (jun. 2011)

El palacio ducal a partir del siglo XVI


            La conversión del castillo de los duques de Béjar en palacio transcurre durante el siglo XVI. Es entonces cuando comienza un programa constructivo sin precedentes que afectó a los edificios más significativos de la población. Generalmente importantes reformas y ampliaciones siguiendo los parámetros del estilo artístico entonces vigente, el renacentista. No sólo asistimos a la construcción de la casa madre de los Zúñiga, sino que también se materializa la villa de recreo de “El Bosque” con sus fuentes y jardines, cuya concepción sólo se puede explicar a través de un contacto directo con el humanismo italiano[1]. Además, las iglesias de la villa se amplían para acoger mayor cantidad de fieles, se crean conventos o se los dota de nuevas dependencias, se levanta el nuevo edificio del consistorio o la casa de Gonzálo Suárez[2], se abren puertas más monumentales en la muralla, se construye un acueducto como el de Plasencia o se acondiciona el nuevo hospital que ocuparía el lugar de la antigua iglesia parroquial de San Gil. Hasta bien entrado el siglo XVII continuaron algunas de las empresas iniciadas en la anterior centuria. Asistimos, por lo tanto, a la transformación del vetusto poblado medieval en una decorosa villa ducal. La investigadora Esther Alegre Carvajal[3] destacó la importancia de Béjar en el panorama español como villa ducal entendida desde un punto de vista urbanístico, si bien señaló como singular la ausencia de un poder clerical preponderante que se manifestara a través de edificios de envergadura (colegiata), tal vez por la proximidad de la catedral de Placentina y la buena relación de los Zúñiga con su curia[4].

Fotografía antigua de la fachada norte



            En este contexto se han de entender las obras del palacio ducal, y en ellas nos vamos a detener[5]. Es en época de Álvaro II, duque entre 1488 y 1531, cuando dan inicio. Llevadas a cabo entre 1503 y 1510[6], tuvieron como protagonistas fundamentalmente a las fachadas norte y sur. El ala sur es la más palaciega y la que menos acusa el origen defensivo del complejo. Sería de este momento la parte inferior de los muros, con los singulares seis contrafuertes en forma de torrecillas achaparradas que, con escudos de los Zúñiga y Sotomayor y de las iniciales F y G (en referencia al duque Francisco y su esposa Guiomar), se suceden en la zona más al este del zócalo. Alguna piedra ornada con las bolas típicas del arte de época de los Reyes Católicos reafirma la datación propuesta.

6/20/2013

El origen de los Arcos de San Juanito de Béjar



 Autora. Carmen Cascón Matas

          El lunes, como es tradición en Béjar, los niños volverán a disfrutar con la festividad de los Arcos de San Juanito[1]. Desde prontas horas de la mañana, incluso desde el día anterior, grupos de chavales se confabulan para alzar el arco más hermoso de la ciudad, punto de reunión y encuentro a partir del cual la bandada se dispersa a la caza del transeúnte magnánimo que quiera regalar con un pequeño donativo a esas caritas de ángel a la cantinela de “una pesetita para San Juanito”. La estructura de los arcos se conforma regularmente de metal y se forra con hiedra y adornos variados: flores, cadenetas de colores, farolillos, dibujitos, por decir algunos. Bajo ella se coloca una mesa a modo de altar en la que no falta la imagen de San Juanito, a poder ser en escultura, y los sempiternos caramelos y cestas o bandejas para las monedillas. A partir de ahí la imaginación manda y no es extraño encontrar peluches, maquetas, alfombras de flores, dibujos y hasta cordero de verdad. Durante la mañana un jurado recorre cada arco para premiar a los más bonitos por la tarde, en una ceremonia festiva que tiene como punto de encuentro el Parque Municipal. 




            La tradición, olvidada durante décadas, fue recuperada por la empresa Carbónicas Molina y la parroquia de San Juan Bautista en los años 60 y ambos mecenas siguen hoy organizando la fiesta con ilusión y generosidad. Pero, ¿de dónde viene? Siguiendo las pistas atesoradas en las hemerotecas es claro que al menos procede de finales del siglo XIX o principios del siglo XX. San Juan se celebraba desde antiguo como festividad plenamente religiosa y durante la noche había baile, fuegos artificiales y música en el atrio de la iglesia de San Juan Bautista, incluso se habla de un arco y de una imagen de San Juan.