Amigos de Béjar y sus historias

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2/27/2026

Mayorazgos y capellanías de los Muñoz de Aguilar en Béjar (3ª Parte)

        Autor: Óscar Rivadeneyra Prieto

        A punto de finalizar el siglo XVI, el día dos de octubre de 1598, Francisco Muñoz de Aguilar redactaba en su casa de Béjar el testamento bajo cuya ordenación moriría. Indicaba en primer lugar el deseo de «que mi cuerpo sea sepultado en la iglesia del monasterio de San Francisco en la capilla que fundó y dotó Juan Muñoz alférez, mi bisabuelo, que Dios tiene, junto a la sepultura donde está Juan Muñoz de Aguilar, mi padre»[1] y declaraba como heredera universal de todos sus bienes, vínculos y mayorazgos, a su hija Catalina Muñoz de Aguilar, tenida con su esposa María Maldonado. 

 Calleja del Balconcillo de la Médica

        En Catalina —obligada a casarse con su primo Pedro de Cepeda como indicamos en el artículo anterior— convergería un patrimonio derivado de distintas herencias, tanto de ascendientes como de descendientes, y entre el que destacaba el mencionado pozo de nieve de Piornal y las casas en Béjar. En su matrimonio concebiría tres hijos, Juan, Francisco y Catalina, que irían alternándose en la sucesión de los mayorazgos hasta que la línea se quedó sin descendencia. Esa línea de primogenitura se había mantenido en la titularidad del vínculo desde su fundación, pero a partir de esa fecha tendría que retroceder a la de Diego de Aguilar, otro de los nietos de Juan Muñoz alférez (ver árbol genealógico). El nombre de Diego se repetiría en tres generaciones seguidas de esta rama cuyos protagonistas habían seguido acaparando patrimonio propio y fundado nuevos mayorazgos. El segundo de ellos, conocido como el licenciado Diego Muñoz de Aguilar, en aras de la no dispersión de sus bienes, conminaría a tres de sus hijos —Juan, Martín y Francisco— a renunciar a toda su herencia en beneficio del hijo mayor, llamado, cómo no, Diego. Los tres hermanos obedecieron. En la escritura redactada en 1622 se explicita el espíritu que regía la fundación de estos mayorazgos:

2/20/2026

Mayorazgos y capellanías de los Muñoz de Aguilar en Béjar (2ª parte)

 Autor: Óscar Rivadeneyra Prieto

Juan Muñoz alférez[1], el fundador

        En una fecha tan temprana como el 12 de octubre de 1519[2] el alférez mayor de Béjar Juan Muñoz redactó su testamento, falleciendo presumiblemente poco tiempo después. Su condición de noble quedó puesta de manifiesto al declarar el deseo de ser enterrado en la capilla que él mismo edificó junto al altar de la iglesia del convento de San Francisco, espacio reservado a familias muy selectas de la villa. Este era el lugar de enterramiento más habitual de los miembros del linaje antes de la construcción de la nueva capilla en la actual sacristía de San Juan un siglo después. Por suerte la lápida de Muñoz alférez se ha conservado y hoy podemos verla muy cerca de su emplazamiento original, en el claustro del ahora exconvento. Aunque durante años estuvo colocada como enlosado de una calle bejarana perdiéndose con ello parte del relieve grabado, logramos aún vislumbrar en ella la forma de su escudo, especialmente en los cuarteles superiores donde aparecen la cruz propia del apellido Muñoz y el águila de Aguilar. Esto vendría a demostrar que aunque no consta que lo usara ese era su segundo apellido. Rodeando el escudo se percibe un texto con caligrafía gótica de privilegios donde a duras penas puede leerse el nombre de su protagonista.

 Lápida sepulcral de Juan Muñoz alférez

 

        En el testamento Juan Muñoz alférez estableció su vínculo y mayorazgo siguiendo la tradicional fórmula de sucesión en esta institución castellana, es decir priorizando a varones y a primogénitos:

 

es mi voluntad que a Francisco Muñoz, mi hijo, se le mejore, y por la parte que sea mejorado, en el tercio y quinto de todos mis bienes muebles, raíces y semovientes, derechos y haciendas, señaladamente en la heredad de Santibáñez y en la mi casa, que es mía […] como vínculo. Y después del dicho Francisco Muñoz, mi hijo, [suceda] el hijo mayor de él de legítimo matrimonio. Y si muriere sin dejar hijos varones la mejora vaya a favor de su hija legítima, y faltando la línea de la hija mayor vaya a la segunda…[3].

 

        Vamos a trazar una hipótesis de localización de esta primera casa mencionada, sobre la que según el testamento se funda el mayorazgo. Con importantes transformaciones y a pesar del tiempo transcurrido el inmueble se ha podido conservar hasta hoy. En su libro Los judíos de Plasencia y de Béjar y la casa de los Zúñiga Marciano Martín Manuel presenta una colección diplomática en cuyo documento 33, fechado en 1496, se puede leer la concesión en merced a Juan Muñoz alférez y sus hijos de una casa «que fue de Rabí Samuel»[4] y que en su momento localizamos en la todavía hoy conocida como casa de Pizarro[5] en la plaza de la Piedad de Béjar. Al demostrarse que aquella donación ducal había sido fraudulenta el inmueble debió de devolverse y cambiar de manos pese a las reclamaciones de dos bisnietos del alférez, Diego y Antonio[6]. Lo cierto es que años después volvería a entrar en el mayorazgo de los Aguilar debido a que uno de sus receptores tras el fraude pudo ser Fernando de San Juan Maldonado, ascendiente de María Maldonado. Ésta terminaría casándose con otro bisnieto del fundador llevando consigo como dote la susodicha casa. Catalina de Cepeda, hija de ese matrimonio acabaría desvinculándola al venderla a Juan de Capilla en 1649. Para esta enajenación  Catalina tuvo que formular petición al rey Felipe IV tal y como era preceptivo en los casos de venta de bienes vinculados[7]. Las ganancias de ello las invertiría en la mejora de otras casas de su mayorazgo, en otro tramo de la calle Mayor bejarana, de las que hablaremos en su momento.

2/13/2026

Mayorazgos y capellanías de los Muñoz de Aguilar en Béjar (1ª Parte)

 Autor: Óscar Rivadeneyra Prieto

        Cuando en 1726 falleció María Leocadia de Moreta, todos sus deudos y allegados sabían que en ella habían convergido un número indeterminado de mayorazgos: el que fundó en el siglo XVI el alférez mayor de Béjar Juan Muñoz y los que sus descendientes fueron sumando a lo largo de los años y de las generaciones. A saber, los instituidos por el canónigo de Coria Juan Muñoz de Cepeda, por Francisco de Moreta Salazar, por el canónigo de la catedral de León Juan Muñoz, por Teresa de León, por el vicario y comisario del Santo Oficio de Béjar Antonio Muñoz de Sotomayor, por su hermana Esperanza Aguilar, por Diego Muñoz de Aguilar, por la tía de estos Catalina Muñoz de Villaseca, por su hijo Pedro de Moreta, por las hermanas Catalina e Inés Muñoz de Tórtoles, por las hermanas Catalina y María del Vado, por los hermanos Pedro y Alonso del Vado, por Diego de Moreta y, en fin, por otros tantos que sería prolijo enumerar enteramente. Era de dominio público asimismo que María Leocadia, tras su óbito, no dejaba más descendencia que un único hijo Enrique Pamo de Contreras, y que este estaba «enfermo insanable de locura»[1]

 Escudo de los Muñoz de Aguilar Sotomayor de la iglesia de San Juan de Béjar

Foto sacada de aquí 

        Dado que en las escrituras de fundación de todos aquellos mayorazgos se señalaba para la sucesión la «expresa exclusión de dementes y locos», una prima segunda del citado Enrique, llamada Ignacia Teresa de Salvatierra y Moreta, consorte del vizconde de Huerta, hizo valer sus opciones y derechos para acaparar todos aquellos viejos privilegios[2]. Remover antiguos legajos para inquietar la tradicional bonhomía y abulia de las familias hidalgas, enfrentando intereses entre familiares cercanos, no podía tener más objetivo que hacerse con el suculento botín de rentas que solían llevar aparejados los mayorazgos. Para ello se esgrimirían tales exigencias y censuras en la sucesión de vínculos. Pongamos por ejemplo esta cláusula extractada de la fundación del mayorazgo de Diego Muñoz de Aguilar, bisnieto del primer fundador, redactada en Béjar en 1622:

2/06/2026

El día en que Fleming fue homenajeado en Béjar

Autora: Carmen Cascón Matas

Publicado: Béjar en Madrid,  números 4.977 (7/11/2025) y 4.978 (21/11/12025), p. 4.

*Esta historia me animó a descubrirla y publicarla el bejarano Tomás Olleros Izard.

            Era el 25 de septiembre de 1960 y la plaza de Calvo Sotelo de Béjar (hoy de la Piedad) estaba a rebosar de público. En lugar preferente, las “fuerzas vivas” de la ciudad, invitadas por el alcalde Ramón Olleros Gregorio, habían acudido puntualmente a las 13 horas. Y es que la ocasión lo merecía porque a la cita iban a corresponder las autoridades locales, provinciales y hasta el embajador en funciones de Gran Bretaña, Mr. Hoppe. Así que, como siempre en tales ocasiones, abundaban los impecables trajes de paño bejarano, las corbatas sencillas, los pañuelos blancos en el bolsillo y los zapatos bien lustrados. Cualquier visita de personalidades externas, y más ésta, era buena para proclamar las bonanzas de la industria textil propia. Como el sol todavía picaba, y más en aquellas horas centrales del día, los tejidos eran ligeros y de tonos suaves. Las mujeres vestían a la moda con trajes de chaqueta confeccionados por las mejores modistas locales, salmantinas o madrileñas, dependiendo de la capacidad económica de cada una de sus portadoras. La plaza se había adornado con enseñas y colgaduras en los balcones, tal y como el alcalde había pedido en los medios de comunicación locales. Un paño anunciaba la Imprenta Hontiveros.

Alexander Fleming

            Desde unas décadas antes, en muchas partes del mundo se honraba la figura del doctor Alexander Fleming por su descubrimiento de la penicilina[1], un hallazgo que había permitido arrancar de las garras de la muerte a miles de personas. El remedio cortaba de raíz, y en pocos días, las tremendas infecciones derivadas de heridas e infecciones. El 9 de febrero de 1944 El Adelanto de Salamanca daba noticia de ello en un artículo de curioso título: «Churchill curó su última pulmonía con el penicellín, la maravilla del siglo XX. Un formidable remedio terapéutico descubierto por el profesor Alejandro Fleming». 

1/30/2026

El duque y la madrastra. Un caso de damnatio memoriae en Béjar a finales del siglo XVI (2ª Parte y final)

 Autor: José Muñoz Domínguez

2. La damatio memoriae de Francisco III contra Brianda Sarmiento de la Cerda  

Me he ocupado de este caso de damnatio memoriae desde 2008, si bien entonces desconocía el documento clave para atribuirlo específicamente al duque Francisco III, un aspecto ya corregido en trabajos posteriores (nota 1). El documento fue localizado por Juan Félix Sánchez Sancho y se trata de un inventario de mediados de 1592, relacionado con un pleito por los bienes en herencia, que se realizó meses después del fallecimiento del duque Francisco II, ocurrida en septiembre del año anterior. 

Figs. 1 y 2. Localización de los escudos estudiados en la coronación heráldica de las ventanas del palacete de recreo de El Bosque (fotos de José Muñoz Domínguez, 2025 y 1996, respectivamente).

 Hasta conocer ese inventario, la ausencia de la heráldica de la segunda esposa del duque difunto y la reiterada memoria de la primera –Guiomar de Mendoza y Aragón, fallecida en 1548–, carecían de explicación lógica en edificios tan representativos como el palacete de recreo de El Bosque, renovado en 1566-1567 (figs. 1 y 2), o el Palacio Ducal urbano, con sus reformas sustanciales fechadas en el período 1567-1569 (figs. 3 y 4), un lapso temporal alejado en más de dos décadas del fallecimiento de la primera esposa y coincidente con los tres primeros años de matrimonio con la segunda. Todavía más: ¿cómo era posible que Francisco II ordenara inscribir el nombre de Guiomar en todas las cartelas que coronaban los vanos del palacete –y en origen fueron 28–, precisamente en el primer año de su segundo casamiento? Un acto tan despreciativo y extemporáneo contra la reciente esposa, impropio de la convivencia marital y de la mentalidad aristocrática, sólo podría haber sido realizado tras la muerte del IV duque y por alguien con suficiente autoridad y poder ejecutivo: obviamente su heredero y V duque, hijo de Francisco y Guiomar, que mantuvo un serio enfrentamiento con su madrastra Brianda, motivado por la herencia de su padre y posiblemente por una pésima relación previa. 

1/23/2026

El duque y la madrastra. Un caso de damnatio memoriae en Béjar a finales del siglo XVI (1ª Parte)

 Autor: José Muñoz Domínguez

En la mentalidad aristocrática del Antiguo Régimen, la trascendencia del linaje estaba por encima de los intereses individuales, un estatus hereditario basado en tres pilares irrenunciables frente a la muerte y el olvido: la transmisión del legado genético a través de la descendencia –preferiblemente por vía legítima–, la transmisión de la herencia material a través de la institución del mayorazgo –con la consecuente preservación o acrecentamiento de los bienes raíces, inmuebles, muebles y semovientes, también de los privilegios, acumulados en la figura del primogénito–, y el honor y buena fama de cada miembro de la misma progenie desde sus ancestros, reforzada o significada mediante la creación de lugares para la memoria en capillas funerarias, fundaciones religiosas o asistenciales, palacios y quintas de placer. 

 

 Portada de la disertación jurídica de Christoph Schreiter, Damnatione memoriae..., de 1689 (imagen tomada de https://www.digitale-sammlungen.de/de/view/bsb10648131?page=,1).

La representación más evidente o pregnante de esa triple herencia radicaba en la heráldica, ese conjunto de formas codificadas que desde tiempos medievales permitía y permite identificar a las distintas casas nobiliarias europeas con la misma eficacia que, en nuestros días, consigue el diseño de un logotipo respecto de una marca o empresa. En el caso del linaje Zúñiga, basta observar un escudo de plata con banda de sable, orlado de cadena de oro con ocho eslabones y timbrado por corona ducal –o su versión labrada en piedra, generalmente acromática– para reconocerlo como símbolo inequívoco del patrimonio de esa familia de origen navarro, duques de Béjar desde 1485. Y, del mismo modo que una alianza empresarial obliga a la coexistencia o a la fusión de los logotipos de cada socio en la nueva imagen corporativa, tras cada alianza matrimonial entre dos linajes se cuidaba la exhibición de sus correspondientes signos heráldicos con el debido orden de prioridad. 

1/16/2026

Compra de materiales para el Tinte del Duque en 1707

 Autor: Anselmo Rosales Montero

El documento que da pie a este escrito se encuentra archivado como “Cuentas de gastos en materiales”, dentro de “Documentos y correspondencia referentes a la muerte y entierro del flamenco Rumbault, fabricante de paños; y correspondencia con los duques de Béjar sobre diferentes asuntos administrativos: diezmos, pleitos, compraventas y otros”, fechado el 19 de agosto de 1707[1]. Se trata de una relación de componentes que, aunque no se indica, eran los necesarios para fabricar tintes.

 Cochinilla

El texto transcrito dice:

            Cochinilla 18 libras a 96 reales la libra                              1728

            Cristal. 18 libras a 12 reales y medio                                  0225

Salitre. 30 libras a 5 reales y medio la libra                       0165

Gengibre. Dos libras                                                             0029

Rasuras. Una arroba                                                            0090

Estaño. Media arroba a seis reales la libra                       0099

Importa todo                                                                         2276 reales

                        En 19 de agosto de 1707

 

1/09/2026

Las siete casas de don Francés de Zúñiga (3ª Parte y final)

 Autor: Óscar Rivadeneyra Prieto

       La relación de los bienes de mayorazgo que don Francés dejó al tiempo de su muerte y que fueron incluidos en la descripción que de ellos hace su hijo Álvaro es muy precisa en el detalle de las tierras y casas que eran de su propiedad, pero no hay datos concretos sobre los bienes muebles y capitales. Tan solo se cita que deja a la iglesia de Santa María "una ropa morisca de oro y seda que yo tengo para que de ella se haga una capa procesional".[1]  

Paraje de Navarredonda

 

        De la hacienda dineraria del escritor no nos especifica  cantidades aunque refiere que con su capital rápidamente se compren más terrenos para seguir engordando el mayorazgo, y es que a inicios del siglo XVI el prestigio de un caballero se demostraba con la posesión de tierras por lo que el dinero tendía a invertirse en fincas. Sin duda la más vinculada a la historia de don Francés de Zúñiga (aunque quizá no la más grande) ha sido la llamada “heredad de Navarredonda”, una pequeña villa situada a cuatro kilómetros de las murallas de Béjar, junto al río Cuerpo de Hombre y por debajo del Tranco del Diablo. Leyendo textualmente era "una huerta e casa e linares e dos molinos e una viña e tierras de pan llevar que linda por una parte con el río Cuerpo de Hombre e con el camino real de la plata e por otra parte con el camino viejo de los romanos que va a la Calzada e con prado de la fuente del Aliso e con viñas de Juan Muñoz zapatero e con la cerrada de las matas e con camino que va de los molinos a Béjar".[2]  

1/02/2026

Las siete casas de don Francés de Zúñiga (2ª Parte)

Autor: Óscar Rivadeneyra Prieto

Publicado: Semanario Béjar en Madrid, 

          La vigencia de los mayorazgos en España durante la Edad Moderna supuso el enriquecimiento de los primogénitos y el desheredamiento del resto de los hijos dentro de las familias que detentaban ese privilegio, circunstancia que permaneció inalterable hasta la primera década del siglo XIX en la que paulatinamente se van aboliendo. Este hecho fue especialmente significativo en el caso del mayorazgo de don Francés, muy cotizado por lo grueso de su patrimonio, en el que los sucesores rivalizaron y pleitearon fuertemente por su titularidad mientras que los hijos más jóvenes, especialmente las mujeres, quedaban en situación crítica y necesitados del amparo de su familia. 

 Calle Mayor de  Pardiñas de Béjar

 

         Así sucede en el caso del penúltimo de los titulares, José de Zúñiga y Trejo, que acoge a su hermana Casimira, que había quedado sin recursos, en una habitación de su casa de la plaza Mayor bejarana, es decir en el edificio junto al ábside de El Salvador al que hicimos mención en nuestro anterior artículo[1]. Distinto fue el caso de alguno de los segundones como Juan Gómez de Jérez, nieto de don Francés, que logró en la segunda mitad del siglo XVI ejercer el muy cotizado puesto de escribano. De su puño y letra salieron las primeras actas del concejo de Béjar, así como las conocidas Ordenanzas de 1577.

12/26/2025

Una muestra de carpintería medieval de Béjar en un libro sobre arquitectura románica civil (Casas y palacios románicos en España, de José Luis Rebollo Herrero, 2025).

 Autor: José Muñoz Domínguez / Grupo Cultural San Gil

Se acaba de publicar el libro del medievalista José Luis Rebollo Herrero sobre Casas y palacios románicos en España (Madrid, 2025, 218 páginas), una obra sobre la arquitectura civil de ese período medieval en nuestro país en el que su autor estudia la huella estilística del arte románico en ámbitos tan olvidados como el doméstico y el palaciego (foto 1). 


 

En el contenido de esta obra no se descuida ninguna de las manifestaciones en que ese otro Románico se muestra todavía en torres y casas fuertes (capítulo 1), viviendas y salas vinculadas a castillos (capítulo 2), casas y palacios fuera de tales recintos defensivos (capítulo 3), palacios reales (capítulo 4) y palacios episcopales y abaciales (capítulo 5), todo ello en un formato superior al habitual y con todas sus páginas en color.

12/19/2025

Las siete casas de don Francés de Zúñiga (1ª Parte)

Autor: Óscar Rivadeneyra Prieto

Publicado: Béjar en Madrid.  

 

         La figura del escritor don Francés de Zúñiga ha despertando un renovado interés en los últimos años debido en gran medida a la profundización que de su faceta literaria continúa realizando nuestro paisano y amigo José Antonio Sánchez Paso, a quien muchos debemos el conocimiento de la existencia de este personaje. Sus indagaciones sirvieron en su momento para localizar en Béjar, casi con total seguridad, el lugar de nacimiento del escritor burlesco, y para reconocer la importancia de su obra literaria. De su ajetreada vida nos han llegado retazos inconexos, a menudo velados o tergiversados por el humor y la leyenda tras los que el propio don Francés quiso esconderse. 

 

Calle Veintinueve de Agosto. Béjar. 

 

        El conocimiento del patrimonio en bienes inmuebles que a lo largo de su vida acaparó el escritor bejarano puede servir para aportar nuevos aspectos y definir las dimensiones del personaje. La detallada descripción que de parte de ese patrimonio realiza en febrero de 1532 (diez años después de que le fuera concedido el privilegio de convertirlo en mayorazgo) con ocasión de peligrar su vida tras haber sido acuchillado, nos servirá de base para localizar los bienes de don Francés en Béjar y en concreto las siete casas con las que contaba. Dejaremos para otra ocasión el análisis de los bienes rústicos que el personaje tenía en otras zonas de la tierra de Béjar: La Calzada, Valverde, Valdelacasa, Peromingo, Fuentes de Béjar y Berrocal de Salvatierra; así como, sobre todo,  en tierras de las provincias de Ávila y Valladolid, Medina del Campo, Fontiveros, Arévalo, etc. cuya extensión, más de doscientas parcelas de terrenos cerealistas y dehesas, requerirá de un futuro estudio más dilatado.[1]

12/12/2025

Escudos desmesurados en tres edificios relacionados con los duques de Béjar

 Autor: Jorge Zúñiga Rodríguez


    "Desde la Edad Media, ostentar un escudo de armas significaba haber conseguido el éxito estamental, evocar el prestigio de una estirpe y visualizar sus méritos en público. Con el paso del tiempo, este signo externo de honra demostró ser eficaz en la estrategia de los linajes para legitimar su ascenso, acrecentar su prestigio, identificar propiedades, alardear de su riqueza, justificar sus actuaciones, proclamar su ascendiente y perpetuar su memoria". 

     Así resume su artículo "La heráldica del poder: los emblemas de la nobleza española. Realidad y ficción", 2017, el académico Miguel F. Gómez Vozmediano, doctor en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid, que se publica íntegro en la red, 35 págs. (también es autor de El manual de receptores de la Casa de Béjar, primera mitad del siglo XVIII, 2018).   

 

 Iglesia románica de Santa María en Curiel de Duero. Elnortedecastilla.es

     En tal predicamento, se hará mención a continuación a tres edificios religiosos en los cuales el linaje de los duques de Béjar impuso su divisa en forma desmesurada, empezando por la iglesia de Santa María de Curiel de Duero, Valladolid, Castilla y León.

12/05/2025

Una necrológica de Mariano Miguel de Reinoso y su relación con Béjar

 Autor: Anselmo Rosales Montero

Mariano Miguel de Reynoso y Abril (Valladolid, 8 de mayo de 1799 – Valladolid, 29 de abril de 1863) fue un político del partido moderado, ministro de Fomento entre 1851 y 1852.

En el diario La España de 1863, del partido moderado, aparece una necrológica que hoy resulta excesivamente “melosa” y altisonante, en la que se repasa la extensa biografía de este “distinguido patricio, laborioso ciudadano y honrado y cumplido caballero”. Con dieciocho años desempeñó una cátedra de Matemáticas, pero 

Fotografía de Miguel Mariano de Reinoso. Sacada de aquí


“resonando en sus oidos el belicoso estruendo de las armas, y el mágico poder de los gritos de patria y libertad, decidieron á Reinoso á cambiar el severo trage del hombre de letras por el airoso uniforme militar”.

Siendo traductor de un diccionario de Física y otro de vascuence, diestrísimo tocador de guitarra y autor, según B. Saldoni, de la melodía conocida como El Himno de Espartero

“casó el señor Reinoso con la virtuosa y respetabilísima señora doña Dolores Salgado y Viana, hija única de una noble casa de Galicia, y educada "con singular esmero en el convento de las Salesas reales”.

11/28/2025

El paisaje bejarano en forma de versos: algunos ejemplos

 Autor: Iván Parro Fernández

        Otoño es una estación en la que cambia el cromatismo de muchos lugares y de muchos paisajes. Empiezan a predominar los amarillos, los marrones, los ocres y tonos derivados. Caen las hojas, vienen las lluvias, empieza el frío y se cosechan o se recogen algunos alimentos. El otoño también sirve de inspiración, de motivación y de exaltación a artistas y almas en búsqueda. El otoño nos ofrece mucho y muy variado para todos los gustos. En nuestra zona bejarana llega la fecha de los calbotes, en la que se asan castañas al fuego que calienta y reconforta espíritus y cuerpos. En otros lugares celebran la vendimia por ejemplo con todo lo que ello supone y significa.


         En esta colaboración quisiera compartir algunas de las visiones que tienen varios poetas sobre el paisaje bejarano, no tanto sobre la sierra (de la que hablaremos mejor en invierno), sino del bello contexto natural en el que los bejaranos y bejaranas tenemos la suerte de poder vivir, pasear, festejar y celebrar durante todo el año. Contamos con una geografía singular que ha inspirado y sigue inspirando a muchos escritores y artistas. Un ejemplo de esto lo encontramos en el poema titulado “Mi pueblo” de Juan Belén Cela Martín, en el que describe a Béjar sirviéndose de las siguientes metáforas: “(…) es un gigante rasgando los vientos/ sobre el alto puente de un barco de piedras…”. O más adelante: “(…) es un nacimiento/ lleno de arroyuelos de papel de plata/ de montes pintados de verde y de blanco/ y de azul, y de rojo las casas”. Cela en este caso se fija sobre todo en el ambiente natural bejarano para describir y compartir su visión de la ciudad.

11/21/2025

La propiedad de las aguas (y sus truchas) en la villa de Béjar (2ª parte y final)

 Autor: Agustín García Gómez

A primeros del año 1725, el duque don Juan Manuel recuerda sus dos decretos anteriores, en los que quedan establecidos los tiempos y límites de caza y pesca[1]. Sepamos lo que ordenó: 

 

“Madrid y enero 10 de 1725. Por cuanto por dos decretos, sus fechas de ocho de junio del año pasado de mil setecientos y dieciocho y seis de junio de mil setecientos veinticuatro, tengo cometida la guarda y custodia de los cotos y montes que tengo en mi villa de Béjar y lugares de su tierra, y en el rio Cuerpo de Hombre de ella el vedado por lo que mira a la pesca de truchas que cría, a don Pedro Manuel de Tortoles Orantes, Alférez Mayor de la referida villa y tierra, y en su mejor observancia se han ofrecido algunos reparos y representándome que convendrá recurrir a ellos, he resuelto que dejando en su fuerza y vigor, los dos referidos decretos en todo lo demás que contienen, se entienda que por lo que mira a caza mayor y menor no pueda hacerse en los tiempos prohibidos que son desde primero de marzo hasta primero de agosto, con pájaros, ni con escopetas en aquellos sitios que están mandados guardar y que en cuanto a la caza mayor, como son jabalíes, venados y corzas en ningún tiempo en los mencionados sitios del monte de Villa y Tierra. Pero que en los otros sitios, que no son vedados, puedan cazar con escopeta, así los que lo hacen por diversión como los cazadores que viven de ellos, pero nunca con pájaros. Y en cuanto al vedado del rio, declaro se entienda desde el sitio de la Heredad que llaman Los Picozos, hasta el puente de la Corredera y no más, en cuya conformidad mando se ejecute y haga observar y guardar el referido don Pedro de Orantes debajo de las condiciones y penas que contienen los dos referidos decretos pues en cuando a ello los dejo en su fuerza y vigor, Y mando se haga saber al Consistorio de dicha mi villa de Béjar y a los sesmeros y procuradores de su tierra, para que los tengan entendido y pongan copiado este mi decreto en el libro de acuerdos del consistorio que así es mi voluntad”.

 Pero el problema de la pesca no se restringía solo a los vecinos de Tornavacas. Por otro legajo vemos como el problema también existía río abajo con los vecinos de Montemayor, villa que tampoco pertenecía a la Tierra de Béjar sino al marquesado de Montemayor.

Río Cuerpo de Hombre a su paso por Montemayor del Río

 

El legajo no tiene hoja de catalogación, pero transcribimos la carta que José García Lerma, el administrador de las rentas de Fernando de Baeza, V marqués de Castromonte y señor de Montemayor del Río, envía en contestación de otra anterior de los contadores de Béjar[2]:

Muy Sres. míos y de mayor consideración: Luego que recibí la favorecida de V. Ms. di orden a los pescadores para que con la mayor diligencia y brevedad remitiesen a poder de V. Ms. todas las truchas que pescasen y pueden V. Ms. estar satisfechos de que todas las que se logren a excepción de tal cual libra que necesite yo para el Hermano de Coria, servirán para que V. Ms. logren satisfacer el mandado de S. E. en cuyo desempeño me muestro muy interesado por muchos motivos. V. Ms. vean si puedo servirles en otra cosa de mayor monta para ejercitar mi obediencia. Nuestro Señor guarde a V. Ms. muchos años como deseo. Montemayor y julio 18 de 1752. Su más seguro servidor. Don José García Lerma”.

Según lo que se desprende, los pescadores montemayorinos subían hasta Navarredonda y Los Picozos, bajo la jurisdicción de la villa de Béjar, a pescar las tan apreciadas truchas ducales. También se advierte un cierto grado de sorna o ironía por parte de firmante con lo de: …cosa de mayor monta…”, que no hay que dejarlo aparte.

11/14/2025

La propiedad de las aguas (y sus truchas) en la villa de Béjar (1ª parte)

 Autor: Agustín García Gómez

Dedicado a Jesús José de la Gándara Martín, tornavaqueño de pro, pero también bejaranizado, como muchos otros quienes sin haber nacido en Béjar nos consideramos bejaranos. Será por aquello de que los bejaranos “nacemos donde queremos” o por lo otro de que “uno es de donde hace el bachillerato”, como decía Max Aub.

      En esta entrega seguimos mostrando cosas que, al parecer del que esto escribe, resultan lo suficientemente interesantes como para investigar sobre ellas y exponerlas al conocimiento bejarano. Como siempre es necesario exponer el contexto histórico para comprender los hechos que se pretenden relatar.

 Donde nace el río Cuerpo de Hombre. Foto Béjar.biz.

        Los señores duques de nuestra ciudad, los Zúñiga, la habían recibido del rey Enrique III (el Doliente) en 1396 en trueque de la burgalesa villa de Frías, de la que eran señorescomo de sobra es conocido, y en esa fecha es en la que hay que ponerse para entender que la cúspide de aquella sociedad estaba ocupada por el rey como monarca y por lo tanto dueño y señor de todo lo habido y por haber y muy libre de dar y vender o cambiar sus derechos y mercedes y también quitarlos como y a quien quisiere. Para eso era el rey, claro.

11/07/2025

Convento de la Piedad. De maitines a vísperas (4ª Parte y final)

Autor: Óscar Rivadeneyra Prito

Publicado: Béjar en Madrid.  

        El proceso de desamortización de bienes eclesiales formó parte de las medidas de política liberal llevadas a cabo durante el reinado de Isabel II. Estas supusieron el cambio de manos de un sinfín de propiedades rústicas que habían engrosado durante siglos el patrimonio de la Iglesia. El estado decidió expropiar esas tierras e inmuebles, mayormente abandonados y sin uso, y sacarlos a subasta con el objeto de lograr que los nuevos dueños los labraran y revivificaran. Por distintos razonamientos en los que no nos extenderemos los historiadores han concluido en que las pretensiones buscadas por Mendizábal, promotor de la desamortización, no solo no se lograron sino que el efecto final resultó perjudicial para la economía española. Además de las tierras entraron en los lotes de subastas, innumerables conventos, abadías, monasterios, etc. cuya decadencia se venía poniendo de manifiesto desde hacía años y la desamortización terminaría por condenar a la ruina o a su definitiva desaparición.

 


Julián Yagüe. Foto sacada del blog Los Abdones. 

         Los tres conventos de Béjar fueron abandonados por los religiosos y salieron a subasta a partir del año 1836. La naturaleza de las familias que los adquirieron difiere bastante de la de los que compraron los lotes del monte Castañar años después, en la desamortización de los llamados bienes comunes. Los adquirientes de los conventos fueron individuos cuyas actividades económicas estaban vinculadas directamente con la industria textil y guardaban entre ellos algún grado de parentesco. El de San Francisco y el de la Anunciación fueron adquiridos por Anselmo Olleros Pérez y Juan Sánchez de Adrián[1], mientras que el del Piedad lo fue por parte de Julián Yagüe[2] pasando, tras su muerte, a sus hijas. En la década de los 70 del siglo XIX figuran como titulares de este convento los cuñados Cipriano Rodríguez-Arias, Nicolás Rodríguez Vidal, Jerónimo Gómez-Rodulfo y José López del Moral, casados con cuatro de las hijas de Yagüe, Manuela, María, Ángela y Rufina respectivamente[3]. En el año 1870 los cuatro fabricantes registran su propiedad para realizar una división cuatripartita por medio de un sorteo, pasando, con el tiempo, la parte de Jerónimo a su hijo Juan Gómez-Rodulfo Yagüe. Cada uno de los propietarios quería definir con exactitud lo que le correspondía con la intención última de construir viviendas[4]

10/31/2025

El convento de la Piedad. De maitines a vísperas (3ª Parte)

Autor: Óscar Rivadeneyra Prieto

Publicado: Semanario Béjar en Madrid 

       La fachada principal del convento, es decir la que miraba al conjunto de la plazuela que lleva su nombre, estaba constituida por una portada clásica compuesta de arco de medio punto enmarcado por pilastras y rematada por una hornacina superior. No diferiría demasiado en aspecto de la que se conserva en la parte más occidental de la fachada del convento de San Francisco. En el muro actual del jardín, lindero con el inicio de la calle Colón, se han conservado distintas piezas decorativas reutilizadas, que bien podrían haber formado parte de esa antigua portada. Se trata de las ménsulas que sostienen el pequeño balcón asomado a esa calle, los dos pétreos fruteros que lo rematan, más una delicada talla de rostro femenino situada sobre el ángulo que traza el muro. Los recientes trabajos de poda y limpieza en el jardín sacaron a la luz esta última pieza que por su disposición podría haber sido igualmente una ménsula.   

El convento de la Piedad se alzaba en el mismo lugar de los edificios que se ven en el centro de la foto. Vista desde el paraje de la Fuente del Lobo. 

      Además de ello la fachada norte constaba de un ventanaje simétrico más un añadido de menor altura que estrechaba el tramo inicial de la calle Colón[1]. Por la parte del mediodía fue creciendo un jardín en el espacio que había sido zona de parrales y viñas (como la denominada Moscatel) que concluía en los adarves de la propia muralla. Estos se abrían a extramuros a través de la denominada puerta de la Solana, identificada hoy por algunos historiadores con el sólido arco enladrillado bajo el que discurre la calleja Ferrer.

10/24/2025

El convento de la Piedad de Béjar. De maitines a vísperas (2ª parte)

Autor: Óscar Rivadeneyra Prieto.

Publicado: Béjar en Madrid. 

       La rocambolesca historia del cambio y contra cambio de propiedad que sufrió, en los últimos años del siglo XVI, el inmueble destinado a ser convento comenzó mucho tiempo antes, concretamente el 14 de noviembre  de 1530. En esa fecha la duquesa doña María estampó su rúbrica en el testamento otorgado a espaldas de su marido y donde, frente a los deseos de él, estipuló toda una serie de mandas en beneficio de los criados más allegados a su persona y de sus propios píos deseos. El más llamativo, y que mayor trascendencia iba a tener no solo para sus beneficiarios sino para la historia de Béjar, iba a ser la disposición de fundación del colegio de San Guillermo de los agustinos en Salamanca[1]. De haber sabido sus consecuencias a buen seguro se hubiera pensado dos veces disponerla. El caso es que la duquesa, sin herederos directos, legó íntegramente, para financiar ese colegio, todos los bienes muebles e inmuebles que tenía fuera del mayorazgo


    El problema iba a surgir a la hora de dilucidar entre tamaña cantidad de propiedades cuáles estaban o no dentro de él, y no fue dificultad menor pues hasta 35 años después del fallecimiento de doña María no hubo una decisión en firme al respecto. Estamos ya en el año 1568, y entre la serie de inmuebles adjudicados al colegio salmantino para sostener su financiación destacan (además de varias decenas de casas en la calle Mayor de Béjar y diversas fincas entre las que estaba el mismísimo Bosque con sus jardines, fuentes y estanques) «las casas llamadas del Palacio Nuevo con sus cortinales más el cortinal de la viña perdida del duque que se dice Moscatel», es decir el edificio y terrenos contiguos que acabarían convertidos con el paso del tiempo en el convento de la Piedad[2].

10/10/2025

El convento de la Piedad de Béjar. De maitines a vísperas (1ª parte)

Autor: Óscar Rivadeneyra Prieto

Publicado: Semanario Béjar en Madrid

        El recorrido vital del convento de la Piedad o de las dominicas de Béjar, con casi tres siglos de fundación pía, ha sido convenientemente ilustrado por diversos investigadores que de alguna manera han ordenado los conocimientos y el material existente sobre el tema[1]. Por eso en esta ocasión nosotros nos centraremos más en el antes y el después del establecimiento religioso, y en algunos datos que creemos inéditos sobre su desarrollo.


         Ni fue fácil el establecimiento de la institución dominica, empezando por la adquisición rocambolesca del inmueble que lo alojaría, ni sencillo su desmantelamiento en medio de un ambiente anticlerical y desamortizador. Sus años de vigencia, desde los estertores del siglo XVI hasta mediados del XIX estuvieron llenos de dificultades, incluso se puede llegar a pensar en algún momento, vencidos por el pesimismo, que se trató de un proyecto fallido. El convento de la Piedad nunca logró competir, si es que este término puede caber entre hermanas, con el de la Anunciación, el popular monasterio de las Isabeles, mucho más antiguo, mucho más cercano a la sociedad bejarana y, sobre todo, mucho menos elitista. Arrastró desde sus inicios el lastre del patrocinio ducal; y aquella cerrazón electiva de solo admitir entre sus monjas a las hijas de los criados más selectos de los duques (esos que no se descubrían ante su señor), junto con las elevadas dotes que se exigían para el ingreso de las novicias, terminaron por dificultar su perduración y condenarlo prematuramente a la decadencia.