Autor: Óscar Rivadeneyra Prieto
Publicado: Béjar en Madrid, 2 de noviembre de 2014, nº 4.720.
Frente a los
tradicionales bienes muebles e inmuebles de los que suelen constar los inventarios de la propiedad, se añadía en siglos pasados lo que
podríamos denominar la propiedad de lo etéreo y de lo efímero que, pese a su
condición, por ser materia altamente lucrativa, fue muy disputada por los
poderosos. Nos estamos refiriendo a la nieve, el meteoro por excelencia del
invierno, que no ha dejado de seducir por su belleza y por su rentabilidad a
partes iguales. No es exclusiva cosa del presente el mirar al cielo en busca de
lo proclive de las nevadas, consultando arreboles y calendarios zaragozanos
antes y geopotenciales en la actualidad.
Sierra de Béjar con nieve
Un invierno henchido de
precipitaciones es tan solicitado hoy por los esquiadores como lo fue desde el
siglo XVI en España, cuando comenzó la explotación del blanco elemento como
producto de refrigerio, conservación de alimentos y delicatessen de caprichosos. Tan rentable llegó a ser su
almacenamiento y su venta que fue gravado por el Estado con un impuesto de la
quinta parte de su valor y que por ello llevó el curioso nombre del “quinto y
millón de la nieve”.

La Sierra desde un paraje próximo a Candelario


























